Luis Álvarez Duarte (1950-2019) no fue solo un niño prodigio que revolucionó la imaginería andaluza del siglo XX; para Linares, fue el artífice que esculpió el rostro de nuestra Semana Santa contemporánea. Aunque sevillano de nacimiento, el maestro encontró en nuestra ciudad su segunda casa, tejiendo un idilio artístico y personal que duró más de tres décadas.
Linares goza hoy de un privilegio único: Ser la custodia de uno de los conjuntos más importantes de su obra fuera de la capital hispalense. Con cuatro imágenes marianas (Dolores, Amargura, Paz y Alegría) y el imponente Cristo de la Buena Muerte, Álvarez Duarte es el responsable de gran parte de la estética y la devoción que procesiona hoy por nuestras calles.

A continuación, repasamos la vida de este genio de la madera, con especial atención a la huella imborrable que dejó en las hermandades de Linares.
El contenido de esta publicación se basa en el programa ‘Luz de Pasión’ emitido en 7TV Linares el 12 de febrero de 2026, presentado por José Alberto Utrera y editado por Javier Ballesteros. Intervinieron Miguel Ángel Salas, Mari Carmen Carrasco, Luis Gámez y Carlos Chamorro. Dicho espacio aún se encuentra disponible en el siguiente enlace:
1. La figura de Luis Álvarez Duarte: Renovador de la imaginería contemporánea
Considerado uno de los pilares fundamentales de la imaginería del siglo XX, Luis Álvarez Duarte fue un genio capaz de revitalizar el arte sacro y marcar un punto de inflexión en la estética de la Semana Santa, muy especialmente en la de Andalucía.
Su talento despuntó a una edad muy temprana por lo que era apreciado un niño prodigio de la imaginería, Con tan solo doce años ya modelaba con una perfección inusual. Sin embargo, su consagración llegaría poco después, a los 16 años, cuando sorprendió al mundo cofrade con la Virgen de Guadalupe de Sevilla. Esta obra rompió los esquemas tradicionales gracias a su frescura y a un realismo que, sin perder la unción religiosa necesaria, lograba una conexión inmediata y profunda con el fiel que se postraba ante ella.
Aunque sus raíces bebían de los grandes maestros del Siglo de Oro, como Martínez Montañés o Juan de Mesa, Duarte supo imprimir un sello personal inconfundible. Su estilo se caracterizó por una idealización de la belleza, particularmente notable en sus dolorosas: una belleza elegante, pulcra y castiza que sigue sorprendiendo hoy en día. Virtuoso de la talla en madera y conocedor exhaustivo de la técnica, destacó sobremanera en la aplicación de la policromía, otorgando a sus imágenes unas encarnaduras realistas que las dotaban de una vida casi asombrosa.
El privilegio de Linares como custodia de su legado artístico
Más allá de su faceta creativa, Álvarez Duarte demostró una capacidad excepcional para la restauración, salvando imágenes históricas de incalculable valor como el Gran Poder o el Cristo de las Tres Caídas de Triana (Sevilla). Sus intervenciones, basadas en el rigor científico y en los parámetros establecidos de conservación, sentaron cátedra en la materia.
Su estética (que creó escuela) traspasó fronteras, llegando incluso a Latinoamérica, y creando una legión de discípulos que mantienen vivo su estilo. Luis Álvarez Duarte fue, en definitiva, el puente necesario entre la tradición de los siglos pasados y la sensibilidad del siglo XXI, devolviendo a la escultura religiosa ese «pellizco» emocional que cautiva tanto al experto en arte como al devoto.
Linares es una ciudad privilegiada al custodiar parte de esta herencia, contando en su patrimonio con cuatro de sus bellas imágenes marianas y la imponente talla del Cristo de los Estudiantes, obras que se disfrutan tanto en la intimidad de sus templos como en las calles cada Semana Santa.
2. Breve biografía y su legado como artista.
Orígenes y primeras luces del niño que modelaba sueños
Existen artistas que se limitan a trabajar la madera y otros que son capaces de esculpir el misterio. Luis Álvarez Duarte perteneció a esa estirpe inusual y luminosa que posee el don de transformar un bloque de cedro en una presencia viva, capaz de dialogar con el corazón sin necesidad de articular palabra. Nacido en el entorno de la Sevilla más castiza, creció respirando la atmósfera de incienso y primavera de la ciudad, que se convirtió casi sin pretenderlo en su taller, su aula de belleza y su templo.
El nacimiento de una vocación providencial en la Sevilla de los cincuenta
Casualidad o providencia, Luis Álvarez Duarte vino al mundo el 22 de mayo de 1950 con un propósito firme. El alumbramiento tuvo lugar en la Huerta de los Granados, un enclave situado tras el colegio de la Santísima Trinidad, en el barrio homónimo. Sus padres, Severiano y Fernanda, eran de origen extremeño, una raíz de la que el imaginero siempre se sintió orgulloso a pesar de agradecer profundamente el haber nacido en Sevilla. La familia se había trasladado forzosamente a la capital hispalense desde Badajoz en plena posguerra por motivos laborales, instalándose definitivamente junto a la calle Arroyo.
Fue en aquella finca, con apenas seis o siete años, donde el barro se convirtió en su mejor aliado. En las interminables tardes de juego, Álvarez Duarte comenzó a modelar, logrando que los héroes de papel de sus tebeos, como el Capitán Trueno, cobrasen volumen. Su vocación artística se manifestó desde la etapa escolar, pasando del dibujo a la creación de figuras de barro cocido para el Belén —ovejas, pavos— y, sobre todo, pequeñas vírgenes con las que jugaba a las procesiones de las Cruces de Mayo.
Bautizado en la parroquia de San Julián, el verdadero despertar estético y devocional del artista ocurrió una mañana de domingo de los años 50. Acompañado de sus padres, cruzó la huerta del colegio para asistir a misa en la iglesia de María Auxiliadora. Allí se produjo el «flechazo» definitivo al encontrarse frente a frente con Nuestra Señora de la Esperanza de la Trinidad. Bastó una sola mirada para quedar prendado de la gracia y el donaire de la talla realizada por Juan de Astorga.
La admiración inquebrantable por la obra de Juan de Astorga
Para Álvarez Duarte, aquella imagen se convirtió en su musa y en el eje de su vida. Tal fue su fascinación que, desde los nueve hasta los doce años, pasaba los veranos en la Hermandad ayudando en las labores diarias, con tal de permanecer cerca de Ella. El joven Luis quedaba embelesado ante una talla que definió como impresionantemente bella, sublime y dotada de un modelado sutil y atemporal, nada decadente.
El imaginero sentía una predilección especial por las manos de la Esperanza Trinitaria, a las que consideraba las mejores de Astorga. Según su análisis, eran manos llenas de luz y vida, capaces de «hablar» por sí mismas, destacando la delicadeza con la que portaba el pañuelo y la apertura de su palma. Aquel fue su primer amor cofradiero y el vehículo que le permitió conectar espiritualmente con la obra del insigne escultor Juan de Astorga, por quien profesaría una admiración inquebrantable durante toda su carrera.
A esta influencia decisiva se sumaron otras devociones tempranas que moldearon su criterio artístico. Siendo aún un niño, visitaba con frecuencia a la Divina Pastora de Capuchinos y, muy especialmente, a la Esperanza Macarena. Sus padres le llevaban por las mañanas a contemplar a la que él llamaba «la Esperanza», un portento de majestad y belleza bien modelada. Entre la dulzura de la Esperanza de la Trinidad y la realeza de la Macarena, se cimentó el sueño de aquel niño que anhelaba convertirse en un gran imaginero de Sevilla.
El aprendizaje en la «Casa de los Artistas» y los primeros éxitos
La verdadera inmersión de Luis Álvarez Duarte en el mundo de la imaginería llegaría a la temprana edad de nueve años, a escasos metros de la iglesia de San Juan de la Palma. Fue allí, en la emblemática «Casa de los Artistas», un crisol de talento ubicado en la calle Viriato, donde el niño descubrió una figura que le hechizó por completo, envuelta entre virutas de madera, olor a ciprés y un halo de misticismo que entonces apenas alcanzaba a comprender. Se trataba de Francisco Buiza, quien con el tiempo se convertiría en su maestro, referente y amigo.
Una primera obra maestra pagada con un saco de naranjas
Tras aquel primer encuentro fortuito (en el que Luis quedó impresionado al atisbar el taller a través de una puerta de tela metálica y cristal) el joven comenzó a compaginar sus estudios escolares con las visitas al estudio. Durante las vacaciones, y gracias a la mediación de su madre, logró entrar como aprendiz. Lejos de buscar una remuneración económica, el pequeño Luis prefería que le pagaran con viejos cabos de gubias de los grandes maestros, herramientas que para él constituían un tesoro. Sus tareas iniciales eran humildes: fregar pinceles, barrer virutas, hacer recados o alimentar a los pájaros de Buiza, pero aquello le permitió convivir con artistas de la talla de Antonio Zambrana, Jesús Santos Calero (hijo del gran Sebastián Santos), José Molleja o Antonio Illanes, para quien también realizaba encargos como el transporte de pigmentos.
Inmerso en aquel vibrante entorno creativo, y tras dos años marcados por la férrea disciplina, los sabios consejos y alguna que otra reprimenda del maestro Buiza, comenzaron a brotar los primeros frutos de su talento. Con apenas trece años, Luis dio forma a piezas iniciales como una reproducción a pequeña escala de la Macarena, una Soledad y diversas dolorosas que sirvieron para cimentar su destreza en el oficio. Sin embargo, su verdadera eclosión llegaría con su primera obra de gran envergadura: la Virgen de los Dolores. Esta bellísima imagen, bendecida para la parroquia de San José Obrero, no solo despertó el asombro y la admiración de la Sevilla cofrade, sino que dejó una anécdota imborrable sobre la inocencia de sus inicios, pues el joven imaginero recibió como honorarios simbólicos por aquel trabajo un simple saco de naranjas.
La Virgen de Guadalupe: La consagración de un adolescente
En 1962, Álvarez Duarte ingresó en la Escuela de Artes y Oficios para depurar técnicamente sus dotes naturales para el modelado y el dibujo. Tres años después, llegaría la oportunidad que cambiaría su vida: la Hermandad de las Aguas adquirió una dolorosa que Luis había terminado siendo todavía adolescente.
La Virgen de Guadalupe causó una auténtica sensación en la ciudad, especialmente tras su primera salida procesional en 1969. Aquella obra le catapultó a la fama y forjó su leyenda, desconcertando a quienes la contemplaban por la imposibilidad de que un muchacho adolescente alcanzara tal hondura y dulzura en un rostro. Para el propio imaginero, esta talla supuso siempre un hito personal y afectivo, una obra que no buscó realizar por encargo, sino que nació vinculada al cariño de su familia, sus padres y hermanos, convirtiéndose en el inicio de una vida dedicada a dar forma a lo sagrado guiado por una sensibilidad casi sobrenatural.
La madurez artística: Del Cristo de la Sed al incendio del Cachorro
Tras el éxito de Guadalupe, los encargos comenzaron a llegar desde Huelva, Jerez y la propia Sevilla, así como de coleccionistas privados. En 1970, en su pequeño taller en las inmediaciones de la Puerta Real, Luis acometió la talla de Santísimo Cristo de la Sed para la Hermandad de Nervión. Sería su primer crucificado. El contrato se firmó en la capilla de los Servitas y, para su ejecución, el imaginero se inspiró en el Cristo de la Clemencia (o de los Cálices) de la Catedral, obra de Martínez Montañés. Por este trabajo, que supuso el preludio de su confirmación artística, cobró 115.000 pesetas de la época.
La prueba definitiva de su maestría llegaría en la Cuaresma de 1973. En febrero de aquel año, la Hermandad del Cachorro sufrió un trágico incendio en su templo de la calle Castilla, suceso que dañó terriblemente al Cristo de Ruiz Gijón y provocó la desaparición total de la «Señorita de Triana», la Virgen del Patrocinio. A petición de José María Gómez, clérigo y amigo personal, Álvarez Duarte modeló en barro una mascarilla que recuperaba la impronta de la imagen perdida.
El salto a la élite artística y su etapa en Madrid
Con la aprobación de los hermanos, el joven escultor, que entonces contaba con 22 años a punto de cumplir 23, se encerró para tallar en madera de cedro a la nueva dolorosa en un tiempo récord. Álvarez Duarte siempre confesó sentirse inmensamente feliz por haber tallado a la Madre del Cachorro, una imagen que, a su juicio, procesiona en el mejor paso de palio de Sevilla (el bordado por Olmo), conjunto que él mismo admiraba con devoción a través de la televisión o en directo.
El colofón a este capítulo llegó el 15 de abril, Domingo de Ramos, con la bendición de la nueva imagen por parte del Cardenal Bueno Monreal. Esta obra consagró definitivamente a Luis Álvarez Duarte, permitiéndole posteriormente residir en Madrid bajo el mecenazgo de la Duquesa del Infantado. Durante aquella etapa desarrolló una obra profana menos conocida que incluye retratos de la Familia Real y encargos para la aristocracia.
Proyección mundial y metodología creativa
A partir de su consagración, la carrera y los encargos de Luis Álvarez Duarte experimentaron un crecimiento exponencial. Su producción superó las 130 imágenes pasionales solo en territorio andaluz, aunque su obra se extendió por otros países, situándole como uno de los imagineros más relevantes de la historia.
En cuanto a su proceso creativo, Duarte mantenía una metodología muy particular para la escultura sacra. A diferencia de su obra profana o retratística (donde sí empleaba el posado al natural) para sus Cristos y Vírgenes rehusaba utilizar modelos directos. El artista prefería captar fragmentos de la realidad, observando rostros anónimos en la calle, tanto de hombres como de mujeres, para extraer de ellos detalles significativos. Su objetivo era otorgar a la imagen, especialmente a las marianas, toda la guapura terrenal posible, pero elevándola hacia una belleza sublime y sobrehumana, acorde con su visión creyente de María Santísima. Álvarez Duarte describía su proceso como la creación de una «diapositiva mental» que sintetizaba esos rasgos humanos para plasmarlos posteriormente en la madera, buscando siempre el equilibrio entre lo humano y lo divino.
El idilio de Álvarez Duarte con Linares: Tres décadas de arte y devoción
La vinculación del imaginero con la ciudad de Linares se fraguó en 1981, gracias a la mediación de José Antonio Balboa Gómez, sacerdote linarense, entonces capellán de la Cofradía del Rescate. Fue este clérigo quien propició el encargo de la Virgen de los Dolores para la Hermandad del Jueves Santo, dando inicio a un verdadero idilio entre el artista y la ciudad de las minas.
Según el testimonio de Mari Carmen Carrasco Molina, cuando la Hermandad del Rescate se vio en la necesidad de sustituir la antigua talla de la Virgen de los Dolores debido a su deterioro, Balboa ofreció un consejo que marcaría la historia cofrade de la ciudad: «Si buscáis un Cristo, id a Ortega Bru; si es una Virgen, Álvarez Duarte«. Esta recomendación propició una amistad inquebrantable entre el imaginero y esta cofradía del Jueves Santo.
En 1982, la recién llegada Virgen de los Dolores protagonizó el cartel oficial de la Semana Santa de Linares. Desde entonces, la presencia de Álvarez Duarte en la ciudad se convirtió en una constante cada Cuaresma. Él mismo se encargaba personalmente de vestir a la Dolorosa, días antes de Semana Santa, para su salida procesional.
En 1983, el patrimonio local se enriqueció con la llegada de la talla Nuestra Señora de la Amargura, titular de la Hermandad de la Columna.


La plenitud de su obra en Linares
El vínculo entre Luis Álvarez Duarte y Linares se fortaleció en la década siguiente. En 1990, la Hermandad de la Santa Cena recibió la talla de la Virgen de la Paz, completando así su cortejo procesional del Domingo de Ramos. Simultáneamente, ese mismo año, la Hermandad de la Entrada en Jerusalén incorporó a su titular mariana, Nuestra Señora de la Alegría. Esta imagen procesionó hasta 2006, año en el que una sentencia judicial dio un varapalo a la Hermandad obligando a retirar la imagen del templo de San José. No obstante, Álvarez Duarte respondió ante la adversidad entregando ese mismo año una nueva talla de la Virgen de la Alegría.
El último gran trabajo del maestro sevillano para Linares (más allá de diversas labores de restauración y conservación posteriores) tuvo lugar en 2011. En esa fecha se presentó en la capilla del Cachorro el portentoso Crucificado de la Buena Muerte para la Hermandad de los Estudiantes, que procesiona cada Miércoles Santo, cerrando así un ciclo artístico fundamental para la Semana Santa linarense.

Resistencia ante la crisis y la etapa final
Los últimos años del imaginero no estuvieron exentos de dificultades. El sector de la imaginería sufrió una crisis silenciosa en la que las grandes cofradías dejaron de encargar obras y las nuevas corporaciones disponían de escasos recursos. Esto provocó una devaluación general de los precios, llevando a muchos artistas a rebajar sus honorarios para poder subsistir. Sin embargo, Luis Álvarez Duarte, tal y como le reconoció en su día el maestro Ortega Bru, mantuvo la dignidad del oficio y «puso la imaginería en su sitio», defendiendo siempre el valor justo de su arte.
Ante esta coyuntura, el artista supo reinventarse. En su etapa final, seleccionaba los encargos con sumo cuidado, centrándose en completar su catálogo con iconografías que nunca antes había tallado. Desafortunadamente, sus últimos días estuvieron marcados por el disgusto que le supuso la suspensión de una gran exposición antológica prevista en Sevilla. En ella se iban a exhibir algunas de las obras que él consideraba sus cumbres artísticas fuera de la capital hispalense, tales como la Virgen del Rosario del Mar de Almería, el Cristo Atado a la Columna de Alcalá de Henares, y el propio Cristo de la Buena Muerte de Linares.
Un legado universal y poético de Álvarez Duarte
Por su personalidad y técnica, Luis Álvarez Duarte constituye un caso único en la escuela sevillana, con una calidad irreprochable y en constante evolución. Fue el valor más firme de la imaginería andaluza de finales del siglo XX y principios del XXI. Sus obras traspasaron fronteras, llegando a Europa y América, pero fue en su tierra donde su huella se hizo eterna. Supo renovar la tradición sin quebrantarla, escuchando a los antiguos maestros para añadir su propia voz: Suave, limpia y profundamente humana.
Su producción abarca todas las capitales andaluzas y numerosas localidades, además de estar presente en al menos doce de las diecisiete comunidades autónomas españolas. Su proyección internacional incluye obras icónicas como la Macarena de Nueva York o el Cristo del Gran Amor en la Catedral de Buenos Aires.
Seis décadas esculpiendo el alma de Andalucía
En una carrera brillante de seis décadas, Álvarez Duarte acercó el oído al silencio del cedro para encontrar un mundo entero: Madres que lloran y cristos que perdonan. Sus manos, descritas como un río manso, canalizaron la ternura antigua de los viejos imagineros junto a la frescura de una fe nueva. En los ojos de sus Vírgenes hay un temblor que abraza; en sus Cristos, una sed de amor y esperanza. No esculpía rostros, sino encuentros; cada mirada de sus tallas parece buscar a alguien entre la multitud, interpelando al espectador.
Cuando llega la Semana Santa, sus obras no solo procesionan, sino que respiran y caminan entre cera y saetas como criaturas de luz que abren paso en la noche. Luis Álvarez Duarte no buscó la fama, sino la verdad, y por ello su nombre quedó escrito en la memoria de Andalucía.
Su fallecimiento tuvo lugar un 13 de septiembre de 2019. A pesar de su partida a causa de un ictus, su legado permanece vivo, recordándonos continuamente que existen artesanos capaces de tocar lo sagrado con las manos desnudas. Se trata de un artista que no muere porque se queda a vivir en la belleza que entregó.
3. La huella humana de Luis Álvarez Duarte en Linares
Más allá de la excelencia técnica y el misticismo de sus obras, quienes tuvieron la fortuna de tratar a Luis Álvarez Duarte en las distancias cortas destacan una calidad humana que igualaba a su talento artístico. Su relación con Linares trascendió lo meramente profesional para tejer una red de afectos que convirtió a la ciudad minera en su segunda casa.
El primer contacto de Mari Carmen Carrasco con el artista define a la perfección el carácter perfeccionista de Duarte. Ocurrió el día de la bendición de la Virgen de los Dolores, cuando el imaginero, inmerso en los preparativos de última hora, solicitó con urgencia óleo de color carne para matizar un detalle en el rostro de la imagen. Aquella exigencia en un sábado por la tarde, lejos de ser un capricho, revelaba su compromiso absoluto con la obra hasta el último segundo. Con el tiempo, esa tensión inicial dio paso a una amistad profunda, revelando a un hombre entrañable, educado y especialmente cariñoso con los mayores.
El ritual de la intimidad y la amistad
Durante años, la visita de Álvarez Duarte a la Basílica (entonces parroquia) de Santa María en Cuaresma se convirtió en un rito. Acudía fielmente para vestir a María Santísima de los Dolores, un proceso íntimo que se desarrollaba tras unas sábanas blancas que preservaban el momento. Fue en ese contexto donde Carlos Chamorro, entonces un joven cofrade y futuro presidente de la Agrupación de Cofradías, tuvo su primer encuentro con el maestro al pedir permiso para observar aquel instante reservado. Esa relación evolucionó desde el respeto reverencial hacia «Don Luis» hasta una amistad sincera, donde el artista se integró plenamente en la vida de las cofradías linarenses.
La gestación del Cristo de los Estudiantes
Uno de los capítulos más intensos de esta relación personal se vivió durante el encargo del Cristo de la Buena Muerte para la Hermandad de los Estudiantes. Luis Álvarez Duarte se había prometido a sí mismo no tallar más crucificados, centrándose casi exclusivamente en la imaginería mariana. La Hermandad tuvo que insistir durante años, desde 2007, apelando a la constancia y a la amistad. Finalmente lograron que el maestro accediera a realizar la talla.
El proceso de creación de esta imagen, que se talló en paralelo al Cristo de la Clemenecia de Hellín, forjó un vínculo familiar entre el escultor y la hermandad, representada por su entonces Hermano Mayor, Luis Gámez. Lo que comenzó como una reunión profesional prevista para media hora en el domicilio sevillano del artista, se transformó en una velada que se extendió hasta la madrugada, evidenciando la capacidad de Duarte para conectar con las personas.
De aquel proyecto, Luis Gámez custodia como reliquias pequeños tesoros materiales que hablan de esa cercanía. Entre ellos se encuentra un fragmento de madera de cedro real extraído del primer gubiazo, dedicado de puño y letra por el autor. Quince años después de la bendición de aquella obra, el recuerdo de Luis Álvarez Duarte en Linares no es solo el de un imaginero genial, sino el de un amigo que supo enseñar, compartir y querer a quienes le abrieron las puertas de su ciudad.
Entre la intuición y la maestría: El secreto de sus Vírgenes
Aunque la juventud pudiera parecer un hándicap en un oficio tan complejo, Álvarez Duarte suplía la falta de experiencia con una intuición prodigiosa. Un ejemplo claro de este don innato se encuentra en la génesis de la Virgen de los Dolores del Rescate. Cuando recibió el encargo, siendo aún muy joven, su primera preocupación no fue técnica, sino expresiva: «¿Cómo queréis la cara? ¿Que mire o que no mire?». Ante la petición de la familia Molina Carrasco de que fuera «joven y guapa«, el imaginero respondió con una naturalidad desarmante: «Como me salga ese día«. Y lo que le salió «ese día» fue una imagen entrañable que encandiló al Rescate y a toda la ciudad.
Resulta llamativo que Luis fuera, en gran medida, un hombre hecho a sí mismo. Sin una formación academicista rígida inicial (aunque posteriormente perfeccionaría sus estudios en Florencia) su escuela fue la observación directa en la Casa de los Artistas y su propia sensibilidad. Esa falta de rigidez académica se traducía en una humanidad desbordante en su trato. Nunca olvidó sus orígenes humildes ni las dificultades que su familia extremeña atravesó. Incluso cuando alcanzó el éxito y frecuentaba los palacios de la aristocracia o la Casa de Alba (que consideraba su segunda casa) siempre recordaba con dolor el trato condescendiente que a veces recibía por su origen. Esa conciencia de clase le hizo mantener siempre los pies en la tierra y un trato cercano con todo el mundo.
El escultor de Linares: Una deuda pendiente
Si Víctor de los Ríos (1909-1996) marcó la imaginería linarense de los años 40, Luis Álvarez Duarte es sin duda el artífice que ha definido la estética de la Semana Santa de la ciudad entre finales del siglo XX y principios del XXI. Su huella es imborrable. Cinco imágenes marianas (contando las dos versiones de Ntra. Sra. de la Alegría), la talla del Cristo de la Buena Muerte, y la restauración de la Esperanza y de. Stmo. Cristo de la Expiración conforman un destacadísimo patrimonio.
Cada una de sus dolorosas en Linares tiene un sello propio: la guapura de la Virgen de la Paz, el dramatismo de la Amargura —a la que él consideraba su «dolorosa» por excelencia— o la debilidad personal que sentía por la Virgen de los Dolores del Rescate. Con esta última era especialmente meticuloso; exigía que le prepararan todo el ajuar para vestirla, pero no desvelaba qué prendas utilizaría hasta el último momento, creando un ritual de expectación que culminaba siempre en una cena con los hermanos.
A pesar de este legado, existe una sensación generalizada de que Linares aún tiene una deuda pendiente con el artista. Desde 2020, existe una propuesta paralizada en el Ayuntamiento para rotular una calle con su nombre, un reconocimiento que ya se le ha otorgado en otras localidades andaluzas como San Fernando (Cádiz) y que los cofrades linarenses reclaman como un acto de justicia histórica hacia quien tanto embelleció su ciudad.
La faceta desconocida de Álvarez Duarte: Obra civil y proyectos truncados
Pocos saben que la producción de Álvarez Duarte no se limitó al arte sacro. Su obra civil es extensa y de gran calidad. Un capítulo curioso que vincula al artista con Linares fue el proyecto para realizar el busto del cantante Raphael. Designado por la Asociación de Amigos del cantante, Duarte llegó a realizar un boceto en bronce que fue presentado en el Hotel Cervantes y que contó con el beneplácito del propio artista, quien visitó su taller en Gines y facilitó fotografías a través de su hijo. Aunque circunstancias ajenas al proyecto impidieron que la obra definitiva viera la luz, el boceto en bronce permanece como testimonio de lo que pudo ser otro hito en la ciudad.
La última etapa de Álvarez Duarte: Selección y excelencia.
En sus últimos años, consciente de la devaluación del mercado del arte sacro, Álvarez Duarte decidió no bajar su caché y seleccionar minuciosamente sus encargos. Ya no buscaba la cantidad, sino completar su trayectoria con iconografías que no había abordado antes.
Esta selectividad, unida a encargos de restauración de primer nivel —como la del centurión romano de la Macarena o la Virgen del Rosario del Polígono de San Pablo—, explica los largos plazos de entrega de algunas de sus últimas obras. Es el caso del Cristo de los Estudiantes de Linares, cuya ejecución se demoró porque el artista debía atender estos compromisos.
Sin embargo, esa espera fue, paradójicamente, la clave del éxito. La hermandad, lejos de presionar, le otorgó libertad absoluta y tiempo, permitiendo que Duarte se recreara en la que él mismo consideraba una de sus obras cumbres. «Si pudiera tener un Cristo mío en casa para rezarle, sería el de los Estudiantes», llegó a confesar. En su última entrevista en Canal Sur, reafirmó este sentimiento, asegurando que quería ser recordado por dos crucificados: el Cristo de la Sed (su primera gran obra) y el Cristo de la Buena Muerte (su madurez plena).
La controversia ante el Cachorro
La presentación de la talla en la Basílica del Cachorro en Sevilla, el viernes 18 de marzo de 2011, no estuvo exenta de tensiones, porque, en aquel momento, el artista se sintió herido por una decisión de la Hermandad anfitriona.
Días antes del acto, al imaginero se le ocurrió en su propio taller una idea que sus propios amigos y miembros de la Hermandad linarense, como Carlos Chamorro, tildaron de «osadía»: Presentar su nueva obra, el Cristo de la Buena Muerte, justo en altar mayor, delante del mismísimo Cachorro, la cumbre del barroco andaluz y universal tallada por Ruiz Gijón. Duarte anhelaba ese diálogo visual entre el maestro del siglo XVII y su propia creación neobarroca.
Sin embargo, la Hermandad del Cachorro se mostró inflexible ante tal pretensión. Siguiendo un protocolo estricto, la corporación anfitriona denegó el permiso para ocupar el altar mayor y relegó el acto de presentación a una capilla lateral. Aquella decisión dolió enormemente al escultor. Sentía que su obra, considerada por él mismo como uno de sus mejores crucificados, no estaba recibiendo el lugar de honor que merecía.
Una anecdótica foto para la historia
A pesar de las reticencias iniciales y del ambiente enrarecido, la tentación artística pudo más que la obediencia. Al finalizar el acto oficial, y aprovechando el momento de confusión previo al traslado de la imagen hacia el transporte que la llevaría a Linares, Duarte y los responsables de la Cofradía de los Estudiantes decidieron actuar. Al pasar con el Cristo frente al altar mayor, en un impulso compartido de rebeldía, detuvieron el paso y colocaron la talla en la escalinata del presbiterio, buscando esa fotografía prohibida que uniera a ambos Cristos.
Aquella instantánea se realizó de manera casi furtiva y en cuestión de segundos, pero el atrevimiento tuvo sus consecuencias. El Hermano Mayor del Cachorro, al percatarse de la maniobra, interrumpió la escena visiblemente alterado, llegando a «perder los papeles» ante lo que consideraba una falta de respeto a las directrices dadas. Fue un instante de máxima tensión, pero Duarte y sus amigos de Linares lograron su objetivo: Inmortalizar para la posteridad, en una sola imagen, el diálogo eterno entre la leyenda de Triana y la nueva joya de la imaginería de Linares. La llegada del Cristo de los Estudiantes a Linares en 2011 quedó marcada por aquel episodio vibrante que definió a la perfección el carácter pasional y la ambición artística de Luis Álvarez Duarte.


Un proyecto inconcluso
En el tintero de su vida quedaron proyectos que le hubieran llenado de orgullo. El más doloroso fue la cancelación de una Magna Exposición Antológica que se estaba organizando en Sevilla. Duarte había designado personalmente a los responsables y tenía la firme voluntad de que el Cristo de los Estudiantes de Linares presidiera la muestra. Estaba todo catalogado y proyectado. Pero la retirada de fondos por parte de la entidad financiera Caja San Fernando (Cajasol) provocó que aquel sueño se quedara en «agua de borrajas».
Asimismo, el patrimonio de Linares perdió la oportunidad de contar con una última obra del maestro. Se trataría de una Santa María Magdalena para la Hermandad de los Estudiantes. El acuerdo verbal existía y Duarte tenía la talla completamente definida en su mente, llegando a mantener el precio acordado a pesar del paso de los años y las dificultades internas de la Cofradía. Lamentablemente, su prematura muerte impidió que aquella imagen, que ya habitaba en su imaginación, llegara a materializarse en madera.
El testamento artístico del Cristo de los Estudiantes
Consciente de la trascendencia de su obra, Luis Álvarez Duarte dejó un mandato verbal a los responsables de la hermandad linarense, constituyéndolos en albaceas de su voluntad estética. Su instrucción fue tajante: el Cristo de la Buena Muerte nunca debe llevar potencias ni corona de espinas.
El imaginero defendía que su concepción de la talla era completa y autosuficiente. Durante el proceso de creación, solía decir que «la madera le pedía» lo que necesitaba, y en este caso, la materia no reclamó aditamentos de orfebrería. Si él hubiera querido potencias, las habría integrado en el diseño original. Por tanto, su deseo póstumo fue que se respetara esa desnudez y pureza con la que concibió a la imagen, una voluntad que la Hermandad custodia como parte de su legado.
Epílogo: Álvarez Duarte fue un hombre que tallaba corazones
La muerte de Luis Álvarez Duarte llegó demasiado pronto, cuando el artista se encontraba en una plena y dulce madurez, con ganas de seguir creando. Su ingreso directo en la UCI y su fallecimiento apenas cuatro días después impidieron las despedidas. Quedó así el dolor de ese último abrazo no dado en sus amigos más íntimos.
Sin embargo, para quienes compartieron momentos y mantel con él, como Mari Carmen Carrasco, Luis Gámez, o Carlos Chamorro, el recuerdo que prevalece no es el de la ausencia, sino el del aprendizaje constante. Estar junto a Duarte, ya fuera viéndole vestir a una Virgen o compartiendo una cena, era una lección de vida y arte. Poseía la capacidad de escuchar y de enseñar con la simple observación.
Aunque no fue profeta en su tierra con todos los honores institucionales que merecía, su verdadero reconocimiento reside en las parroquias y en la calle. Su aportación fue decisiva para engrandecer la Semana Santa de Linares, contribuyendo con la calidad de sus obras a que esta fuera declarada de Interés Turístico Nacional.
Luis Álvarez Duarte fue una de esas personas capaces de sacar de un trozo de madera un corazón que late. Quien es capaz de emocionar a miles de personas con la mirada de un Cristo o una Virgen procesionando por cualquier rincón del mundo, posee también el don de tocar para siempre el alma de quienes le conocieron. El imaginero se marchó, pero dejó la certeza de que la belleza, cuando es verdadera, vence a la muerte.
Hombre de trono del Stmo. Cristo de la Expiración y de Ntra. Sra de la Esperanza.
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