Real Inmemorial e Ilustre Cofradía del Santo Entierro de Cristo,
Santísima Virgen de las Angustias,
Ntra. Sra. de los Dolores en su Soledad
y Santa Vera Cruz.

(Santo Entierro de Linares, Andalucía)

Cartel de la Semana Santa de Linares 2019

DATOS DE LA HERMANDAD

· Fundación: 1552.

· Día de estación de penitencia:
Viernes Santo.

· Sede Canónica:
Parroquia de San Francisco de Asís.

· Hermanos: 474.

· Autores de las imágenes actuales: La imagen de la Virgen de las Angustias es de autor desconocido. El Cristo Yacente es obra de Víctor de los Ríos. Y Ntra. Sra. de los Dolores en su Soledad está tallada por Francisco Palma Burgos.

· Casa de Hermandad: C/ Baños.

· Hermano Mayor: Antonia Gutiérrez Linares.
Dato actualizado el 17-mar-2026.

Estrenos Semana Santa 2023: Restauración Cristo Yacente. Juego de ánforas para la Virgen de la Soledad realizadas por Jose Mª Navarro de Córdoba. Restauración de los faroles de cola. Los dos últimos candelabros para completar toda la candelería. Algunos tambores de pellejo nuevos.

ACOMPAÑAMIENTO MUSICAL 2026

Cruz de Guía: Banda de Cabecera Quinta Angustia.

Primer paso – La Vera+Cruz: Banda de tambores de pellejo.

Segundo paso – Cristo Yacente: Banda de tambores de pellejo.

Tercer Paso – Ntra. Sra. de la Soledad: Asociación Cultural y Musical Alfredo Martos.

ITINERARIO SANTO ENTIERRO DE LINARES 2026 

Fuente: Guía oficial de horarios e itinerarios.

18:30 – Salida del Santo Entierro desde la Parroquia de San Francisco.

Cuando finaliza la tarde del Viernes Santo, la banda de luctuosos tambores de pellejo del Santo Entierro de Linares anuncia la llegada del San-to Se-pul-cro. Posiblemente la banda más antigua de la península, ya que se fundó simultáneamente a la Cofradía. Un sonido peculiar es el producido por estos tambores destemplados. Con su ininterrumpido toque de SAN-TO SE-PUL-CRO, esta característica y peculiar banda de penitentes llama al respeto y al silencio ante la llegada de Cristo Yacente.

La Hermandad del Santo Entierro es la que más pasos saca a la calle de toda la Semana Santa de Linares.

Entonces José de Arimatea depositó el cuerpo en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. 

San Mateo.

18:35 – Viriato.

18:45 – San Joaquín.

19:00 – Sagunto.

19:15 – Teniente Ochoa.

19:30 – Marqués de Linares.

19:45 – Menéndez Pelayo.

Santo Entierro de Cristo (Viernes Santo 2018)

20:10 – Pontón.

21:00 – Pasaje del Comercio.

21:25 – Canalejas.

21:45 – Tetuán.

22:15 – Gumersindo Azcárate.

22:30 – CARRERA OFICIAL.

Virgen de las Angustias (Viernes Santo 2014)

23:00 – Plaza de San Francisco. REGRESO.

Virgen de los Dolores en su Soledad (Viernes Santo 2008)

Posteriormente, la Cofradía del Santo Entierro también organiza la Procesión de La Soledad, con el paso de su imagen titular Ntra. Sra. de la Soledad.

Historia del Santo Entierro

La fundación de la cofradía está intrínsecamente ligada al establecimiento del Convento de San Juan Bautista de la Penitencia, perteneciente a la Orden de Santo Domingo. Dicho convento fue erigido por iniciativa de Juan Dávalos, Comendador de Segura y Alcaide del Castillo de Linares, el 17 de marzo de 1518, quien posteriormente cedió su patronazgo a sus hermanos, Fernando y Gonzalo Dávalos.

El año de 1518 fue también un año de singular importancia para el desarrollo civil de la localidad, ya que recibió el título de villa por concesión del emperador Carlos V. En aquel período, Linares contaba con una población aproximada de mil quinientos habitantes, entre los cuales se contaban treinta vecinos pertenecientes al estado noble, principalmente hidalgos de linajes como Dávalos, Zambrana, Orozco, Cózar, Póves y Quesada. El crecimiento demográfico de la villa estaba directamente vinculado a la intensificación de la actividad en las minas de plomo, que constituyeron el principal motor económico de la región.

El origen de la Cofradía de las Angustias, que en la actualidad se conoce como del Santo Entierro, se encuentra en un hecho de notable singularidad para la época: Su establecimiento tuvo lugar en el interior de un convento de monjas dominicas. Esta circunstancia constituye una excepción a las normativas y costumbres del periodo, que restringían o prohibían expresamente la creación de cofradías masculinas en comunidades de monjas.

El Convento de San Juan Bautista de la Penitencia ocupaba un espacio delimitado por la calle San Juan, frente a la actual calle Echagüe, y su parte trasera lindaba con la calle Campanario. La toponimia de esta última vía parece derivar, con un alto grado de probabilidad, de la presencia de la espadaña del propio convento, un elemento arquitectónico distintivo en el paisaje urbano de la época.

La comunidad de religiosas que habitaba el convento gozaba de una notable consideración social, un estatus que se correspondía con la relevancia de sus fundadores y patronos, lo que convierte la fundación de la Hermandad en sus dependencias en un acontecimiento aún más destacable desde una perspectiva histórica.

Portada del antiguo convento de San Juan de la Penitencia. Colección del Patrimonio Cultural de España y Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Portada del antiguo convento de San Juan de la Penitencia. Colección del Patrimonio Cultural de España y Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

La ausencia de un acta fundacional que precise el año exacto de su erección motivó que, en 1994, el obispo de la Diócesis de Jaén, Santiago García Aracil, otorgara a la hermandad la designación oficial de «Inmemorial». Pese a esta indeterminación cronológica, se la considera la cofradía más antigua de Linares en virtud de su existencia ininterrumpida desde sus orígenes. El establecimiento de hermandades constituía una fuente de ingresos relevante para las órdenes mendicantes, como la dominicana, lo que permite inferir que su fundación por parte de las familias nobles de la villa no debió demorarse mucho tras la consolidación del convento.

La primera referencia documental que certifica la actividad de la corporación data del 22 de octubre de 1552. Se trata de un acta de cabildo en la que la, por entonces denominada, «Cofradía de la Quinta Angustia» formaliza un acuerdo para comisionar al tallista Juan de Reolid la ejecución de una imagen Dolorosa y sus correspondientes andas procesionales, estipulando un coste de 2.000 reales para el encargo. El primer corpus normativo del que se tiene constancia son sus Ordenanzas, que recibieron la aprobación episcopal el 11 de octubre de 1586 en Linares y estuvieron vigentes durante dos siglos. El documento fue validado por el obispo de Jaén y miembro del Consejo de Su Majestad, Don Francisco Sarmiento de Mendoza, y refrendado por su secretario, Francisco de Molina.

A lo largo de su dilatada historia, la titulación oficial de la cofradía ha experimentado una notable evolución. La denominación primitiva de «Cofradía de las Angustias» dio paso, en 1777, a «Cofradía de Nuestra Madre y Señora de las Angustias», y al año siguiente, en 1778, se documenta de nuevo como «Cofradía de la Quinta Angustia». Existen asimismo registros que, ya a comienzos del siglo XIX y posiblemente por influencia sevillana, la nombran como «Cofradía de María Santísima de las Angustias». A partir de 1836, su título se transformó en «Cofradía de la Soledad y del Santo Entierro». En 1917, se invirtió el orden a «Cofradía del Santo Entierro de Cristo y Nuestra Señora de la Soledad» y en 1958 se redujo a solamente «Cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad». Finalmente, en 1994, adoptó su denominación actual y completa: «Cofradía del Santo Entierro de Cristo, Nuestra Señora de los Dolores en Su Soledad, Santísima Virgen de las Angustias y Santa Vera Cruz».

Estructura de gobierno y normativa interna según las Ordenanzas de 1586

La estructura de gobierno de la cofradía se articulaba en torno a un consejo de oficiales compuesto por un Alférez Mayor, un Fiscal, un Prioste (o Piostre), dos Alcaldes, un Escribano y seis Diputados, conocidos como «Seises». El cargo de Prioste revestía una particular importancia, exigiéndose como requisito previo haber desempeñado el oficio de Alcalde, de acuerdo con la costumbre establecida.

La organización interna se fundamentaba en una distinción entre la cofradía «Primitiva», que constituía el cuerpo principal, y las seis «Agregadas» o Escuadras que la integraban. El término «Seises», usado para designar a los Diputados, derivaba precisamente de su función como Hermanos Mayores al frente de cada una de estas seis secciones. La supervisión eclesiástica de los cabildos correspondía al vicario del convento, perteneciente a la Orden de Predicadores.

El proceso de elección de los oficiales estaba rigurosamente regulado por las ordenanzas de 1586. Su capítulo sexto establecía el procedimiento y el calendario a seguir: «De cómo y cuándo se han de sacar oficiales. A saber: En la fiesta de la Santa Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo y la Primera Angustia que la Madre de Dios Virgen Santa María su Madre sintió, o el día que la Cofradía la celebrare, nuestro Prioste y sus Alcaldes y los Seises juntamente con el Escribano, tendrán sentados en un papel los oficiales para el año venidero, lo cual lo notifique el Escribano en alta voz para que el Cabildo vea si es cosa que conviene, y si el Cabildo lo da por bueno, se siente en el libro de acuerdos. Y si el Cabildo viere es cosa que no conviene, que él Cabildo elija los Oficiales y los dos Acaldes, uno de los cuales ha de ser el Prioste viejo y otro el que el Prioste nuevo señalare. Los Seises sean señalados por el Cabildo general o por los Oficiales».

Además de la elección, las ordenanzas detallaban las responsabilidades de sus miembros. El capítulo 19, por ejemplo, especificaba las obligaciones de los Seises y del Escribano, subrayando la necesidad de quórum y la fidelidad en la llevanza de registros: «Otrosí, ordenamos que en todos los Cabildos que se hicieren, porque lo en ello contenido sea valedero, se hallen todos o la mayor parte de los Seises, y si no vienen pague cada cual de pena una libra de cera. Y nuestro Escribano sea persona fiel y de buena conciencia y asiente las cosas del Cabildo según las hubiere visto, en el libro, y no en papeles particulares. Y que se halle presente en todas las fiestas y mortuorios de los cofrades y dé fe de cómo murió cada uno. Y nominará a los cofrades».

No obstante, la documentación histórica revela que la práctica real difería en aspectos sustanciales de la norma escrita, especialmente en la elección de los Diputados o Seises. El acceso a este cargo estaba condicionado por un sistema de pujas o «mejoras» anuales, mediante el cual resultaba designado el cofrade que ofreciera la mayor aportación económica. Existen constancias de reclamaciones judiciales contra aquellos que, habiendo obtenido el cargo, no satisfacían la cantidad prometida.

Finalmente, se documenta que el cabildo destinado a la elección de los oficiales se celebraba anualmente, en la jornada final de la Pascua de Resurrección, renovándose los cargos por un periodo de un año.

Para comprender su funcionamiento, es esencial entender su jerarquía. La Cofradía de las Angustias actuaba como la entidad matriz, y aunque su estructura se fue gestando desde su fundación, fue a través de una reforma de estatutos en el siglo XVII cuando se consolidó su organización en seis secciones especializadas, denominadas «Escuadras»: Santo Domingo, Santa María Magdalena, el Santo Sepulcro, la Vera Cruz, San Juan Evangelista y la propia Ntra. Sra. de las Angustias o Soledad. Como se verá más adelante, la evolución histórica hizo que algunas de estas escuadras adquirieran estatutos propios y se convirtieran en hermandades, elevando la estructura general a la categoría de «Archicofradía».

Con esta estructura ya definida, la cofradía celebró su primera estación de penitencia documentada en la tarde del Viernes Santo de 1587. En aquel desfile fundacional, procesionaron las imágenes de Santo Domingo, en representación de la orden que acogía a la hermandad, y la primitiva imagen titular de Nuestra Señora de las Angustias.

La procesión de la Cofradía de las Angustias

La documentación histórica permite reconstruir con notable detalle la procesión del Santo Entierro, cuyo desarrollo en la tarde de cada Viernes Santo seguía una liturgia de gran solemnidad. El cortejo estaba encabezado por la imagen titular de Nuestra Señora de las Angustias, seguida por las seis Escuadras que conformaban la hermandad, cada una con sus correspondientes insignias, imágenes, pendones y gallardetes.

Un riguroso luto, propio de la jornada, dominaba la estética de la comitiva. Durante el siglo XVII, período en que la cofradía experimentó un notable engrandecimiento, los hermanos vestían túnicas negras ceñidas con cíngulos de esparto y portaban grandes velas. La participación de los cofrades era masiva y organizada, asumiendo funciones específicas como portar los blandones de cera, los incensarios, las fuentes petitorias para la recaudación de limosnas o las cajas destempladas que marcaban el paso con un redoble fúnebre. La gran devoción que la imagen titular despertaba en esta época queda atestiguada por documentos fechados en 1629 y 1649.

En una posición jerárquica destacada figuraba el Alférez Mayor, quien portaba el estandarte negro de la cofradía. A la procesión concurrían también las representaciones institucionales, como la Real Justicia y la capilla de música de Linares, junto a miembros del clero secular y los frailes dominicos.

El itinerario de la procesión estaba jalonado por paradas o «posas», momentos en los que se entonaban cantos funerales, reforzando su carácter de entierro solemne. Las fuentes de la época describen un ambiente de profundo silencio y recogimiento entre el gentío, cuyo ánimo quedaba sobrecogido por la atmósfera del cortejo que acompañaba al Santo Sepulcro.

Un vívido retrato de esta atmósfera se encuentra en una transcripción de la época, que describe el cortejo del Santo Entierro de Cristo de la siguiente manera: «en la triste tarde del Viernes Santo de cada año, haciendo Estación Ntra. Sra. de las Angustias y las seis Escuadras con sus insignias, imágenes, pendones, gallardetes, túnicas, ángeles y palio, todo negro por el luto propio de tan Santo Día, Procesión a la que concurrían gran número de hermanos, portando blandones, fuentes para limosnas, incensarios y «cajas» de lúgubre redoble. El Alférez Mayor, en lugar destacado, con el estandarte negro de la Cofradía; la capilla de música de Linares, la Real Justicia, sacerdotes, frailes de Santo Domingo y demás acompañamiento propio de un entierro solemne con paradas o posas y cantos funerales, presenciado en medio de un silencio y compostura, que sobrecogían los ánimos de la muchedumbre que veía pasar el triste cortejo del Santo Sepulcro».

1. Escuadra de Santo Domingo

Una práctica consolidada en las procesiones penitenciales de la época dictaba que el cortejo fuera precedido por la imagen titular de la orden religiosa o de la parroquia en la que la hermandad tenía su sede. La escuadra que cumplía esta función representativa de la orden conventual fue, por consiguiente, suprimida tras el proceso de exclaustración que llevó a la desaparición del convento en 1836, momento en el cual la cofradía formalizó su traslado a la parroquia de Santa María la Mayor.

2. Escuadra de la Magdalena y escuadra de San Juan

La Cofradía de las Angustias contaba, además, con dos Escuadras agregadas de menor preeminencia consagradas a Santa María Magdalena y a San Juan. Aunque la documentación sobre ambas es escasa, el acta de un cabildo celebrado el 2 de abril de 1769 proporciona datos de gran valor sobre la Escuadra de la Magdalena, que estaba constituida como una de las seis secciones de la congregación y dirigida por un Seise o Hermano Mayor.

En dicha sesión se formalizó el relevo en la dirección de la Escuadra, cesando Agustín Díaz y siendo sustituido por Bartolomé Serrano. El punto central de la reunión fue la presentación de cuentas por parte de Manuel Álvarez Madueña, quien había ejercido como Prioste de las Angustias durante el año anterior. El balance arrojó un déficit que, según consta en el acta, fue cubierto por el propio Prioste, quien además realizó importantes donaciones. El documento registra que suplió «muchos reales más de los que importan las posturas de dicho año, y lo ha suplido de su bolsillo por el afecto y grande devoción que tiene a las Sagradas Imágenes de la Cofradía. Y además de ello, ha hecho la efigie de la Magdalena y la deja en este Convento para la Escuadra de la Magdalena de él. Y también ha costeado a sus expensas dos escalas y dos cabelleras, como todo consta. Y se le dieron las debidas gracias por su especial afecto y devoción y limosna que ha hecho a las imágenes de la Cofradía».

Este registro documental no solo evidencia la munificencia de los cofrades, sino que también ofrece información indirecta sobre la iconografía y la estética procesional de la época. La mención a las dos escalas permite inferir su uso como elementos escenográficos en el paso de la Santa Cruz. Asimismo, la donación de «cabelleras» confirma la implantación de una costumbre propia del gusto barroco: el uso de pelo natural en las imágenes devocionales, una práctica que ha perdurado en la imaginería procesional de Andalucía y otras regiones de España.

Por su parte, el análisis de la estructura del cortejo revela la existencia de la Escuadra de San Juan, una de las seis secciones que integraban la procesión del Entierro de Cristo. La escasez de referencias documentales sobre ella sugiere que, probablemente, se trataba de una de las corporaciones de menor envergadura. Hasta la fecha, las únicas menciones específicas halladas se limitan al nombramiento de sus Hermanos Mayores en años consecutivos, siendo designado Pedro Melchor Velinchón para el cargo en 1768 y Juan de Anguila en 1769.

La relevancia de esta escuadra reside menos en su entidad material que en su función dentro de la narrativa visual de la procesión. Su posición en el desfile estaba rigurosamente definida: ocupaba el quinto lugar, desfilando inmediatamente detrás del Santo Sepulcro y precediendo directamente al paso de la Virgen de los Dolores.

Esta ubicación no era arbitraria, sino que respondía a un preciso criterio teológico e iconográfico. Al situar la figura de San Juan Evangelista entre Cristo yacente y su madre doliente, la cofradía materializaba el pasaje evangélico en el que Jesús encomienda el cuidado de María al discípulo amado. De este modo, el orden procesional no solo organizaba a los participantes, sino que construía un discurso visual coherente que subrayaba el papel de San Juan como custodio de la Virgen tras la muerte de su Hijo.

3. Escuadra de la Santa Vera Cruz

La Escuadra de la Vera Cruz mantuvo una singular relación de dependencia con la Cofradía de las Angustias, una situación que un documento de la época sintetiza con claridad al afirmar que «En lugar de pertenecer a la Cofradía de su nombre, era propia de la Cofradía de Las Angustias»* Esta filialidad resultó determinante para su supervivencia, ya que la escuadra atravesó un periodo de crisis tan severo que estuvo al borde de su disolución por la falta de miembros, llegando a suspender su participación en la estación de penitencia.

El punto de inflexión se produjo en 1765, cuando la Cofradía de las Angustias cedió formalmente su gestión a un grupo de cofrades con el encargo explícito de proceder a su reorganización. El éxito de esta iniciativa fue tal que, en un corto periodo, la sección no solo se revitalizó, sino que trascendió su condición de escuadra para constituirse como una hermandad con entidad jurídica propia, siéndole aprobados sus primeros estatutos en 1768. A pesar de esta nueva autonomía, no se produjo una desvinculación completa, y la Hermandad de la Vera Cruz continuó integrada en la estructura general de las Angustias. Su primera salida procesional bajo esta nueva condición tuvo lugar en la Semana Santa de 1769, participando como cuerpo diferenciado dentro del cortejo principal.

El esplendor alcanzado en esa primera estación de penitencia quedó minuciosamente registrado en una fuente documental del siglo XVIII, cuyo lenguaje refleja con viveza los detalles del acontecimiento: «y saliendo en Procesión el Viernes Santo 24 de marzo de 1769 una Escuadra tan lucida como de 115 hombres, cada uno con su hacha o blandón de tres libras de cera, ardiendo en obsequio y culto de la Santa Cruz. E hicieron unas andas y un risco dorado muy decente para la peana nueva de la Santa Cruz; y un estandarte o gallardete que llaman de damasco negro, para la asistencia también a los entierros de los hermanos, costeado todo a expensas de ellos. Y cada uno de los hombres salió con su túnica de holandilla negra, con su tarjeta de hoja de lata, pintada la Santa Cruz en ella.».

4. Escuadra del Santo Sepulcro

La procesión que la Cofradía de las Angustias organizaba en la tarde del Viernes Santo era conocida popularmente como «del Entierro de Cristo». Una fuente documental de primer orden para el estudio de esta manifestación es el acta del cabildo celebrado en el Convento de San Juan de la Penitencia el 2 de abril de 1769. En ella se registran noticias concretas sobre la Escuadra del Santo Sepulcro, para la cual se designó Diputado a Fernando Martínez, y se detallan las «posturas» o pujas económicas para obtener el derecho a portar determinados enseres procesionales.

Este sistema de financiación a través de subastas queda ilustrado por dos acuerdos transcritos textualmente en el acta:

«Postura de las fuentes: En este cabildo comparecieron Antonio Álvarez de Cózar y Bartolomé de Checa y a mancomún dijeron, que por sacar las fuentes en la procesión del Viernes Santo en la tarde el año próximo de 1770, hacían la postura de 450 reales y se obligaban a su pago el día de Carnestolendas».

«Postura de las cajas y pendones: Y en este cabildo comparecieron Francisco Lázaro, Juan García, Sebastián Martínez y siete más, y juntos y de mancomún in solidum dijeron que por sacar las cajas y pendones en la procesión del Viernes Santo en la tarde de 1770, hacían la postura de 200 reales a pagar el día de Carnestolendas».

El término «fuentes» alude con toda probabilidad a los petitorios o bandejas utilizados para la recaudación de limosnas durante el desfile, una práctica habitual en las corporaciones de la época.

Dentro de los elementos subastados, las «cajas» o «tambores de pellejo» merecen una atención especial, al constituir una de las tradiciones más singulares y persistentes de la cofradía. Estos instrumentos, conocidos como «cajas destempladas», están construidos a partir de un aro de madera sobre el que se tensa, sin excesiva tirantez, una piel de conejo, y se adornan con un mantolín de terciopelo negro.

La práctica de pujar por el derecho a portar estos tambores redoblantes está documentada desde 1769 y se mantuvo vigente hasta finales del siglo XIX o principios del XX, como lo atestigua una reseña del clérigo inglés Hugh James Rose, quien visitó Linares en 1875. Fuentes de la prensa local confirman que hasta 1930 participaban en la procesión un total de ocho de estos tambores. Originalmente, se percutían con mazas con tal intensidad que el objetivo ritual era su rotura al final del recorrido.

Tras la reorganización de la cofradía en la posguerra, esta tradición fue recuperada, inicialmente con dos tambores (uno en el tercio del Cristo y otro en el de la Virgen) cuyo número ha ido incrementándose progresivamente hasta nuestro días. Aquella costumbre de romperlos ha sido eliminada en la actualidad, empleándose baquetas normales para una perfecta conservación.

El sonido emitido por estas cajas constituye uno de los elementos sensoriales más distintivos de la procesión y de la Semana Santa de Linares. La tradición oral lo asocia con la cadencia de las palabras «San-to, Se-pul-cro». Sin embargo, fue el cronista local D. Juan Sánchez Caballero quien, en el anuario Cruz de Guía de 1956, ofreció la descripción más evocadora de su sonoridad:

«Impone pavor sus golpes lúgubres, parecidos, en el silencio de la noche del Viernes Santo, a esos tañidos fantasmales escuchados a través de las paredes de viejas casas solariegas».

En el siglo XXI se mantiene esta característica tradición, plasmada en un armonioso conjunto de tétrico y lúgubre sonido, compuesto por entre diez y quince penitentes que tocan el tambor.

«Impone pavor sus golpes lúgubres, parecidos, en el silencio de la noche del Viernes Santo, a esos tañidos fantasmales escuchados a través de las paredes de viejas casas solariegas».*

En el siglo XXI, esta seña de identidad se mantiene plenamente vigente, conformando un conjunto sonoro compuesto por entre diez y quince cofrades que, revestidos con el hábito de penitente, ejecutan este toque lúgubre y característico.

5. Escuadra de Ntra. Sra. de los Dolores «La Soledad»

La iconografía de la imagen titular, Nuestra Señora de los Dolores, correspondía a la tipología de imagen de vestir, un modelo escultórico concebido para ser ataviado con ropajes y aditamentos textiles, como un manto negro y, posiblemente, una cabellera de pelo natural, en consonancia con la estética barroca de la época. Durante su estación de penitencia en la tarde del Viernes Santo, su presentación se completaba con dos atributos simbólicos de gran relevancia: un corazón de plata atravesado por siete puñales, que representaba sus Siete Dolores, y una media luna argéntea a sus pies.

La considerable solvencia y el vasto patrimonio de la Escuadra de Nuestra Señora de los Dolores quedan acreditados por un detallado inventario realizado el 12 de mayo de 1777. Este documento, que describe el contenido de varios arcones, ofrece una visión precisa de los recursos materiales y la complejidad organizativa de la corporación. El primer arcón albergaba el siguiente patrimonio:

«En la primera de las arcas había 1.060 reales de vellón en especie de plata y seis maravedís. Un estandarte de terciopelo negro con su tarjeta de Nuestra Señora y flueque (fleco) y cordones de seda. Una cruz de plata para el estandarte. Otro estandarte de damasco (sin duda para los entierros) con igual tarjeta y flueque de seda. Tres tuniquillas nuevas de lienzo negras, y otros cabos para los ángeles, y dos alas para los mismos. Cuatro libros de a folio para asiento de los hermanos, capítulo de entierros y misas que por ellos se decían, así como de cuentas tomadas a los hermanos mayores que han sido y cabildos celebrados. Cuatro báculos con sus tarjetas de la imagen de Nuestra Señora (con los que regían la procesión) y cuatro estantes o guizques en los que se apoyaban las andas durante las paradas. Un palio de damasco negro con sus varas, y otra del estandarte. Y dos toallas de raso liso negro».

El análisis de este inventario permite identificar elementos de escenificación teatral en el cortejo, como las «tuniquillas» destinadas a infantes que, ataviados con alas y coronas florales, desempeñaban un rol angélico al frente de la escuadra. Estos niños realizaban una proclamación ritual a intervalos, exclamando: «¡Esto se hace en memoria y remembranza de la Pasión del Señor!» o, alternativamente, «de las angustias o dolores de Nuestra Señora y Madre de Dios».

El palio, por su parte, cumplía una función simbólica precisa, confiriendo un rango de honor y realeza a la imagen mariana, y era portado tras sus andas procesionales. El patrimonio mueble se completaba con un cajón de pino destinado a la custodia del ajuar litúrgico de la Virgen, categoría que incluía sus vestimentas, mantos, corona, el corazón con los siete cuchillos, la media luna y otras ropas interiores.

Finalmente, el inventario concluye con la reseña de otras dos arcas que contenían los bienes fungibles más valiosos de la corporación: la cera. La más grande, asegurada con cinco cerraduras distintas, guardaba 190 blandones de cera blanca propiedad de los hermanos, con un peso total de 460 libras. En un arcón más pequeño se almacenaba la cera reutilizable, compuesta por velas mermadas y cabos, que sumaba un peso de cinco libras.

«En 15 días del mes de mayo de 1777 años, estando juntos los hermanos de que se compone esta Escuadra de Nuestra Señora de los Dolores, sita en el Convento de Religiosas Dominicas de esta villa, en las casas de don Rodrigo Pedro de Quesada y Zambrana, como Alférez de la Cofradía de las Angustias y hermano de la citada Escuadra, y de una conformidad acordaron: Que para el mejor gobierno, formalidad y permanencia de la referida Escuadra, se estableciesen constituciones nuevamente, por no tenerlas».

La constitución décima disponía «que por razón de ser el Viernes Santo un día tan contemplativo y tan propio el meditar en la sagrada Pasión, se proceda al acto de la procesión con la devoción que pide semejante día, no llevando ningún disfraz de zapato ni media blanca, ni vueltas de camisola que se manifiesten fuera de la túnica negra que se usa en esta referida escuadra». Y en la Constitución 12.a se advertía «que si después de tomar el blandón el Viernes Santo en la tarde, por su descuido y poco cuidado lo entregase quebrado, ha de ser obligación del hermano renovarlo a su costa». También se acordó en la constitución 11.a «que en atención a que los gastos que se ofrecieren en la celebridad de la Novena de Nuestra Señora de los Dolores, estos sean con presencia de las facultades que existan en él fondo de esta Escuadra». «Redactadas y escritas las Constituciones, dieron poder en 17 de mayo de 1777 al procurador Don Francisco Rodríguez para que las sometiese a aprobación del señor Provisor y del Obispo de Jaén Don Antonio Gómez de la Torre. El Procurador, en 23 de mayo siguiente presentó los Estatutos al Sr. Provisor diciendo que por estar la Escuadra de Nuestra Señora de los Dolores agregada a la Cofradía y que llaman de Nuestra Señora de la Soledad, sita en el convento del Señor San Juan de la Penitencia, de religiosas dominicas, carecía de constituciones para su gobierno y aumento del culto a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre, por lo que habían formado las que presentaba, suplicando su aprobación».

Por este escrito de 1777, vemos que a Nuestra Señora de los Dolores se le llama Nuestra Señora de la Soledad y que al serles aprobados sus primeras Constituciones o Estatutos el 15 de mayo de 1777, deja de ser Escuadra y es la segunda Hermandad que junto a la Vera Cruz forman la Archicofradía de las Angustias. Como se demuestra en un pleito de 1777, el procurador dice; «Que la referida Cofradía se compone de dos Hermandades que son, la de Nuestra Señora de los Dolores y la de la Santa Vera Cruz, las cuales están con el cargo de ser priostes cuando les corresponde a cada una en su año».

La consolidación de esta corporación culminó en la redacción de un cuerpo estatutario propio, articulado en doce constituciones, que buscaba regular su funcionamiento interno y prevenir conflictos. La necesidad de una supervisión más estricta queda patente en la disposición de que «para tratar de los asuntos pertenecientes a dicha Escuadra, sea con presencia del Prior de la iglesia parroquial, y de notario o secretario de la Escuadra para evitar discordias imprudentes, como hasta ahora se han advertido en algunos de los concurrentes».

Desde una perspectiva económica, los nuevos estatutos reflejaban una notable autosuficiencia, prohibiendo explícitamente el sistema de pujas o *posturas» bajo el argumento de «no necesitar esta Escuadra auxilio más que de sus fondos». No obstante, se mantuvo un vínculo con la cofradía matriz al estimarse conveniente la asistencia del prioste de las Angustias a las juntas «por si a éste le ocurre exponer en pro o en contra lo que propusieran los individuos de la Junta».

Las normativas de admisión y deberes de los miembros quedaban claramente estipuladas. El ingreso requería la contribución de un blandón de cera blanca de tres libras y una cuota anual de seis reales a entregar el Viernes Santo. A su fallecimiento, los hermanos tenían derecho a un servicio fúnebre que incluía la asistencia del estandarte, doce acompañantes con hachas y la aplicación de veinticuatro misas rezadas.

Se prescribía un código de conducta procesional muy definido, como evidencia la décima constitución: «que por razón de ser el Viernes Santo un día tan contemplativo y tan propio el meditar en la sagrada Pasión, se proceda al acto de la procesión con la devoción que pide semejante día, no llevando ningún disfraz de zapato ni media blanca, ni vueltas de camisola que se manifiesten fuera de la túnica negra que se usa en esta referida escuadra». La responsabilidad material del cofrade también fue legislada, advirtiéndose en la duodécima constitución «que si después de tomar el blandón el Viernes Santo en la tarde, por su descuido y poco cuidado lo entregase quebrado, ha de ser obligación del hermano renovarlo a su costa».

La nueva normativa abordaba igualmente la gestión económica de los actos de culto, estableciendo un claro principio de responsabilidad presupuestaria. La undécima constitución, por ejemplo, supeditaba la organización de eventos como la Novena a la solvencia de la tesorería, al disponer *«que en atención a que los gastos que se ofrecieren en la celebridad de la Novena de Nuestra Señora de los Dolores, estos sean con presencia de las facultades que existan en él fondo de esta Escuadra»*.

Una vez redactado y consensuado este corpus normativo, se procedió de inmediato a su tramitación para obtener la necesaria sanción eclesiástica que le confiriera plena validez jurídica. El proceso formal se inició el 17 de mayo de 1777, fecha en la que los responsables de la corporación otorgaron poderes al procurador Don Francisco Rodríguez. Su mandato consistía en someter las Constituciones a la revisión y aprobación de las máximas autoridades diocesanas: el provisor y el obispo de Jaén, Don Antonio Gómez de la Torre.

El escrito de presentación, elevado por el procurador al provisor el 23 de mayo, es un documento de gran valor historiográfico, ya que en él se fundamenta la necesidad de los estatutos en los siguientes términos: «Redactadas y escritas las Constituciones, dieron poder en 17 de mayo de 1777 al procurador Don Francisco Rodríguez para que las sometiese a aprobación del señor Provisor y del Obispo de Jaén Don Antonio Gómez de la Torre. El Procurador, en 23 de mayo siguiente presentó los Estatutos al Sr. Provisor diciendo que por estar la Escuadra de Nuestra Señora de los Dolores agregada a la Cofradía y que llaman de Nuestra Señora de la Soledad, sita en el convento del Señor San Juan de la Penitencia, de religiosas dominicas, carecía de constituciones para su gobierno y aumento del culto a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre, por lo que habían formado las que presentaba, suplicando su aprobación».

El escrito de 1777 resulta, por tanto, de una importancia capital para la comprensión de la evolución jurídica y devocional de la corporación. Su análisis certifica dos hechos transformadores: por un lado, la constatación documental de una dualidad en la advocación, por la cual la imagen de Nuestra Señora de los Dolores era también identificada y nombrada como Nuestra Señora de la Soledad; por otro, y de mayor calado estructural, que la aprobación de sus primeros estatutos el 15 de mayo de 1777 supuso su erección canónica como Hermandad. De este modo, dejó de ser una «Escuadra» subordinada para convertirse, junto a la de la Vera Cruz, en la segunda entidad con estatus de «Hermandad» que articulaba la denominada Archicofradía de las Angustias. Esta reconfiguración jerárquica queda fehacientemente demostrada por un testimonio extraído de un pleito datado en ese mismo año, en el que un procurador clarifica la nueva organización interna al declarar: «Que la referida Cofradía se compone de dos Hermandades que son, la de Nuestra Señora de los Dolores y la de la Santa Vera Cruz, las cuales están con el cargo de ser priostes cuando les corresponde a cada una en su año».

6. La Cofradía Matriz de Ntra. Sra. de las Angustias y su cargo de Alférez Mayor

La Escuadra de las Angustias constituía el núcleo fundacional y la corporación matriz de la cofradía, de la cual esta tomaba su nombre titular. Su máxima autoridad era el Alférez Mayor, una figura cuyo rango se extendía no solo a esta sección principal, sino al conjunto de las escuadras y hermandades agregadas. Este cargo representaba una posición de elevada distinción social, un hecho que se evidencia por su vinculación sistemática con la nobleza de Linares y, de manera preeminente, con el linaje de la familia Quesada. Un seguimiento documental a través de los siglos XVII y XVIII confirma esta endogamia en la ostentación del cargo:

  • En 1688, el puesto era desempeñado por Don Francisco de Quesada y Pancorbo.
  • Veinte años más tarde, en 1708, las fuentes registran a Don Francisco Manuel de Quesada y Pacorbo, cuya similitud en el nombre sugiere la continuidad del puesto dentro del mismo linaje familiar.
  • Para 1725, la posición recaía en Don Alonso José de Quesada y Benavides, quien además ostentaba el cargo civil de Regidor perpetuo de Linares y cuyas funciones incluían la portación del estandarte titular en la procesión del Viernes Santo.
  • Posteriormente, se documenta a Don Rodrigo Pedro de Quesada Zambrana y Benavides como Alférez Mayor en 1756, permaneciendo en el cargo al menos hasta 1778.

A partir de esta última fecha, no se han localizado referencias documentales que permitan identificar a sus sucesores.

La transmisión hereditaria del cargo de Alférez, no obstante, no estuvo exenta de disputas intrafamiliares por la prerrogativa de su ejercicio. Un episodio que ilustra estas tensiones queda documentado en un poder notarial que Don Francisco Manuel de Quesada y Pancorbo otorgó el 8 de abril de 1708. En dicho documento, el titular del cargo exponía la base de su reclamación y la necesidad de protegerla jurídicamente frente a posibles desafíos internos dentro de su propio linaje:

«Que en el convento y monjas del Señor San Juan, Religiosas Dominicas, hay sita la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias, y el Estandarte de Alférez de ella que se saca en la procesión del Viernes Santo en la tarde, lo han sacado en las procesiones, de muchos años a esta parte mi padre, abuelo y bisabuelo, difuntos, por cuya razón y como hijo mayor de mi padre he sacado y saco, en las funciones que se ofrecen, dicho estandarte en atención al mucho celo y afectuosos que mis ascendientes han sido y soy de la Cofradía y a las continuas limosnas que la hemos hecho y hago en cuanto puedo, procurando su aumento y conservación».

El escrito continúa especificando el objetivo de esta acción legal, que era la de formalizar un derecho consuetudinario ante la autoridad eclesiástica para evitar futuras contiendas:

«Y porque no se haga novedad en ninguno de mis parientes ni me inquiete en el estilo de sacar el estandarte, otorgo poder al procurador don Manuel García de Ortega, de Jaén, y parezca ante el Provisor y gane licencia para sacar dicho estandarte sin que mis parientes por sus fines particulares me inquieten en ello».

La correcta interpretación iconográfica de la imagen titular de la Virgen de las Angustias de Linares requiere una distinción fundamental respecto a la tipología escultórica más extendida, particularmente por influencia de la escuela granadina: La Piedad, que representa a Nuestra Señora sentada al pie de la Cruz sosteniendo a su Hijo muerto en el regazo. Dicha escena corresponde al sexto dolor de la Virgen.

Una prueba clave para esta diferenciación se encuentra en la propia nomenclatura de la corporación linarense, que en numerosas ocasiones era designada como «Cofradía de la Quinta Angustia». Teológicamente, el quinto dolor de María no es la Deposición, sino su presencia al pie de la Cruz durante la crucifixión, un momento inmortalizado en la secuencia litúrgica «Stabat Mater dolorosa, Iuxta Crucem lacrimosa…» («Estaba la Madre dolorosa, llorando junto a la Cruz…»).

A partir de esta premisa teológica, se deduce que la insignia o imagen de las Angustias de Linares era una Dolorosa de pie. Se puede conjeturar, por tanto, que se trataba de una «imagen de vestir», probablemente ataviada con manto negro y enriquecida con una cabellera de pelo natural, siguiendo la estética de la época. Aunque podría haber figurado ante una cruz vacía (a semejanza de otras célebres imágenes de la Soledad como las de Sevilla o Huelva), la existencia de una escuadra específica de la Vera Cruz en la misma procesión hace más plausible la hipótesis de que la Virgen de las Angustias procesionara en solitario sobre sus andas.

En cuanto a su disposición exacta, cabría la posibilidad de que fuese representada de pie o, alternativamente, arrodillada, una solución compositiva también frecuente en cofradías de análoga temática, como la del Santo Sepulcro de Jaén o la de la Soledad de la iglesia de San Pablo en Málaga. Con independencia de su iconografía precisa, esta escuadra ostentaba una preeminencia indiscutible, al ser la cabeza y corporación matriz de toda la cofradía.

El otorgamiento del Título de Real a la cofradía se sitúa en un momento anterior a 1686, y el proceso fue promovido por una figura de alta alcurnia. La solicitud formal fue presentada ante el Rey Carlos II por una hermana de la corporación, perteneciente a la nobleza linarense, quien en aquel momento ostentaba el influyente cargo de Camarera de la Reina Mariana de Austria.

Paralelamente a esta versión histórica, la tradición oral ha conservado un relato de carácter más popular y novelesco que atribuye la concesión a una anécdota protagonizada por la Marquesa de Seoane. Según esta narración, el rey, sintiendo sed, solicitó agua, y al serle ofrecida por la marquesa, quedó tan complacido por el gesto que la instó a pedirle cualquier merced. Ella, en respuesta, habría solicitado el título de Real para su cofradía.

Independientemente de la veracidad de esta tradición, el registro histórico confirma que la concesión regia fue precedida por un riguroso proceso burocrático. El monarca solicitó los informes pertinentes tanto al Obispo de la Diócesis de Jaén como al Santo Tribunal de la Inquisición de Sevilla. Una vez obtenida la aprobación de ambas instituciones, el Rey emitió el decreto correspondiente.

En dicha disposición se establecía «que al nombre de la Cofradía de María Santísima de la Angustias, de la noble villa de Linares, se le anteponga el nombre de Real». Además, la cédula real definió la heráldica de la corporación, estipulando que «siendo el escudo de nobleza la Cruz del Santo Sepulcro, coronado por su real Corona y con la leyenda “Mal Faya, Quién Mal Piē”».

El Final de una era: Crisis, desamortización y revisión histórica del traslado a San Francisco (Siglo XIX)

El transcurso del siglo XVIII y principios del XIX supuso para la cofradía un período de notables vicisitudes que afectaron a sus distintas secciones. Si bien la Escuadra de Nuestra Señora de los Dolores (también denominada de la Soledad) y la de la Vera Cruz ya habían enfrentado crisis cercanas a su desaparición en 1755 y 1765 respectivamente, esta inestabilidad se extendió posteriormente a la cofradía matriz de las Angustias y a las escuadras de Santo Domingo, María Magdalena y San Juan.

Otro de los momentos más críticos fue durante la Guerra de la Independencia (1808-1813), período en el cual la cofradía, como tantas otras, interrumpió sus salidas procesionales a causa de la ocupación y la «mofa» de las tropas francesas. No fue hasta la marcha de los ejércitos napoleónicos cuando la corporación pudo reanudar su estación de penitencia, que volvería a salir «a son de campana tañida en el atardecer del Viernes Santo».

El punto de inflexión definitivo se produjo en 1836, cuando la desamortización de Mendizábal decretó la clausura del Convento de San Juan Bautista. Este hecho forzó el traslado de las imágenes y enseres de la cofradía. Durante este proceso, la corporación modificó su denominación oficial a Cofradía de la Soledad y del Santo Entierro, título que mantendría hasta durante 122 años.

El diario de Gómez Pardo provocó una revisión de la historiografía tradicional.

La cuestión del destino de la cofradía tras la clausura conventual de 1836 ha sido objeto de una significativa revisión historiográfica. La tesis tradicionalmente aceptada por la historiografía local sostenía un traslado inicial a la iglesia de Santa María la Mayor, seguido de una reubicación definitiva en la iglesia de San Francisco en 1860, templo donde permanece en la actualidad.

Sin embargo, esta cronología ha sido refutada por el hallazgo de una fuente primaria de excepcional valor. Se trata del **«Diario de viaje del ingeniero de minas Lorenzo Gómez Pardo»**, un testimonio puesto en valor por el investigador Andrés Padilla Cerón, Consejero Titular del Centro de Estudios Linarenses.

El testimonio de Gómez Pardo es de una importancia capital, ya que su dato más novedoso —que la procesión de 1839 «por la noche sale de San Francisco»— refuta de manera concluyente la cronología de traslados sostenida hasta ahora por la historiografía local. Según la tesis tradicional, tras la clausura del Convento de San Juan de la Penitencia en 1836, la cofradía habría sido acogida en la iglesia parroquial de Santa María, donde habría permanecido durante veinticuatro años, hasta 1860; una creencia tan arraigada que incluso llevó a identificar en dicho templo una capilla específica como «de la Dolorosa», en presunta alusión a la estancia de la imagen titular. Sin embargo, el diario sugiere que la cofradía probablemente nunca tuvo sede en Santa María, sino que se trasladó directamente a la iglesia de San Francisco. La confusión historiográfica se explicaría por el estatus administrativo de este templo, que en 1836 funcionaba como capilla auxiliar dependiente de Santa María y no se erigió como parroquia independiente hasta 1860. El análisis del proceso de desamortización refuerza esta interpretación: el decreto de supresión del convento, fechado el 7 de marzo de 1836, no se notificó en Linares hasta el 29 de abril, mediante una circular del Intendente de la Provincia; dado que el Viernes Santo de ese año fue el 1 de abril, la cofradía pudo realizar su última procesión desde el convento y efectuar el traslado a San Francisco con posterioridad. En este contexto, la naturalidad con la que el cronista describe en 1839 la salida desde San Francisco, sin aludir a novedad alguna, junto con la ausencia de referencias a procesiones en 1837 y 1838 desde Santa María, refuerza la hipótesis de que la cofradía ya estaba asentada en dicho templo para esas fechas.

La descripción que Gómez Pardo hace de la procesión del Viernes Santo de 1839 es inequívoca en este sentido, ofreciendo además un vívido retrato etnográfico del evento:

«Por la noche sale de San Francisco y todos de negro con ramos y velas. El Entierro de Cristo, la Vera Cruz con sudario y la Dolorosa. Cristo con la cabeza delante con cajas o panderetas con fundas. […] Desde la hora de los oficios salen los penitentes vestido de una túnica negra, con una gran caperuza que les cubre la cara muy empingorotada, en la que solo hay dos agujeros para los ojos, llevan un gran rosario y un ramo de flores en la mano. Las jóvenes están esperando en todas las ventanas y los penitentes llegan y les dan las flores y jalean del [al]más completo, porque estando enmascarados, se permiten licencias muy ajenas de la santidad del día. Es una mascarada santa o un saturnal cristianificado. Preceden a las imágenes, penitenciales con una especie de panderetas debajo del brazo, cubiertas de tela negra y van golpeándolas como si fueran tambores, lo que provoca un sonido desagradable y desarmónico.»*

Un retrato etnográfico e iconográfico en la procesión de 1839

Además de su valor para la localización, el documento es una fuente etnográfica de primer orden que permite reconstruir la estética y la composición del cortejo:

1. El Cuerpo de Penitentes: El diario confirma que el hábito procesional consistía en una túnica negra y un caperuz cónico, descrito con el término de la época «empingorotado». Asimismo, identifica el característico sonido de la procesión, mencionando unas «panderetas con fundas negras» que, en una interpretación técnica, se corresponden inequívocamente con las tradicionales «cajas redoblantes» o tambores de pellejo.

2. La composición iconográfica del cortejo: El relato, aunque breve, es elocuente al detallar las tres imágenes que componían la procesión de 1839.

  • Un Cristo Yacente: Descrito como «con la cabeza delante», una clara alusión a la posición de la talla en el sentido de la marcha.
  • La Vera Cruz: Presentada como «la Vera Cruz con sudario», indicando que se trataba de una cruz desnuda sobre la que pendía el paño con el que envolvieron el cuerpo de Jesús muerto.
  • Una Dolorosa: Que por su preeminencia y contexto, se identifica con la imagen titular, Nuestra Señora de los Dolores en Su Soledad.

3. El destino de las imágenes ausentes: El diario no menciona las imágenes de las otras escuadras históricas (Santo Domingo, María Magdalena, San Juan Evangelista, Virgen de las Angustias), a pesar de que hay constancia de su traslado a la iglesia de San Francisco tras la clausura del convento. Esto sugiere que, a partir de 1836, dejaron de participar en la estación de penitencia. La investigación documental ha permitido rastrear el destino posterior de algunas de ellas: La imagen de Santo Domingo fue trasladada a la iglesia del castillo de Tobaruela en 1844. Una hipótesis plausible sitúa las imágenes de San Juan y la Magdalena como parte del patrimonio fundacional de la Hermandad de la Expiración, erigida en 1896 en la misma iglesia de San Francisco. Esta última teoría se apoya en una fotografía de la procesión de dicha hermandad en 1904, donde aparecen figuras de San Juan (con evangelios y sin palma) y la Magdalena.

El Siglo XX: Destrucción, reorganización y legado

El patrimonio imaginero de la cofradía experimentaría una importante renovación décadas más tarde, en 1929, con la adquisición de una nueva talla de Cristo Yacente a los talleres de la M.I.A. Aranda Torres de Zaragoza, cuyo coste ascendió a 2.006,50 pesetas. Esta imagen, que se salvó de la destrucción en la Guerra Civil, es la que actualmente se puede observar en la Casa de Hermandad.

Cristo Yacente de 1929 que actualmente se encuentra en la Casa de Hermandad.
Cristo Yacente de 1929 que actualmente se encuentra en la Casa de Hermandad.

Pero el año 1936 marcó un punto de inflexión trágico en la historia de la cofradía. En el contexto de la violencia desatada, fue destruida la venerada imagen de Ntra. Sra. de la Soledad junto a la práctica totalidad del patrimonio imaginero de la corporación, con la única y notable excepción de la talla del Cristo Yacente, que fue salvaguardada gracias a la intervención de su camarera.

Finalizada la contienda en 1939, un grupo de antiguos hermanos, liderado por Juan Godoy, y Juan Hernández García de Lara como Hermano Mayor, impulsó la inmediata reorganización de la cofradía con el objetivo de reanudar su estación de penitencia en la Semana Santa del año siguiente. Tras la conformación de una nueva Junta de Gobierno y la redacción de unos nuevos estatutos, el principal desafío fue la sustitución de las imágenes titulares desaparecidas.

La nueva imagen de la Soledad y la obra de Francisco Palma Burgos (1940)

La tarea más urgente fue la comisión de una nueva imagen mariana. La responsabilidad recayó sobre el joven escultor malagueño Francisco Palma Burgos, quien en ese momento afrontaba una difícil circunstancia personal y profesional tras la reciente muerte de su padre durante el conflicto, asumiendo la dirección del taller familiar.

Para la Semana Santa de 1940, la cofradía pudo realizar su estación de penitencia procesionando el Cristo Yacente que había sido preservado, y la nueva imagen de Ntra. Sra. de la Soledad tallada por Palma Burgos. La obra es una talla de medio cuerpo para vestir de 1,67 m de altura, caracterizada por una profunda sensibilidad. Desde un punto de vista técnico, presenta una policromía que evoca el estilo malagueño del siglo XVIII, con la cabeza inclinada, máscarilla, pestañas postizas, ojos de cristal azul de los que descienden cinco lágrimas, y una boca entreabierta que deja ver las piezas dentales y la lengua talladas. La escultura se completa con brazos articulados y manos entrelazadas.

La conexión personal del artista con esta obra trasciende lo meramente profesional. Un episodio posterior, ocurrido durante una restauración, ilustra este vínculo: Al recibir la imagen en su taller, el propio Palma Burgos la saludó con la expresión: «¿Hola Madre, como estas?». Esta anécdota se fundamenta en una tradición sólidamente arraigada que sostiene que el escultor, utilizó a su propia madre (profundamente afectada por la muerte de su marido Francisco Palma García) como modelo de inspiración para el rostro de la Dolorosa. En consecuencia, la serena tristeza de la imagen es interpretada no solo como el dolor de la Virgen, sino como un reflejo universal del sufrimiento de una madre que, ante la pérdida de un ser querido, debe sobreponerse con entereza.

El éxito de esta nueva etapa del Santo Entierro de Linares se reflejó en el rápido crecimiento de la hermandad. Para el año 1947, la Cofradía ya había alcanzado la notable cifra de 250 hermanos.

Sin embargo, este período de crecimiento no estuvo exento de dificultades. La Semana Santa de 1948 estuvo marcada por las inclemencias meteorológicas, que obligaron a retrasar la salida media hora. Pese a lograr completar la estación de penitencia, se produjo un importante percance a la recogida: Al entrar en el templo de San Francisco, el trono de la Virgen de la Soledad sufrió un accidente que le causó daños de consideración, obligando a su posterior restauración.

Pese a este contratiempo, el impulso de la cofradía se consolidó en 1949, un año que fue muy positivo para la Hermandad. El número de cofrades continuó en aumento, generando una gran demanda de túnicas nuevas. La procesión de aquel año fue un éxito tanto en fervor popular como en apoyo institucional, destacando la colaboración económica del Excmo. Ayuntamiento de Linares, que entregó un donativo de 925 pesetas.

Este impulso continuó en 1950, otro gran año para la Hermandad. El crecimiento en el número de hermanos fue tal que se demandó la confección de 70 túnicas nuevas. En el plano institucional, el Excmo. Ayuntamiento mantuvo su colaboración económica y la Junta Directiva nombró a Francisco Izquierdo como Alférez. Una novedad destacada en el desfile procesional de ese año fue la incorporación de nuevos tambores, que se sumaron a las tradicionales «cajas de pellejo» para dar mayor realce y esplendor al cortejo. En esta época también emerge la figura de Alberto Lagarde Abellán como Fiscal, encargado de velar por el orden y la tradición.

El año 1951 se centró en la consolidación y el enriquecimiento litúrgico y patrimonial. Entre las iniciativas más destacadas se encuentran la confección de nuevas faldillas para los tronos y una importante renovación de los estatutos. Además, se elevó la solemnidad del Septenario dedicado a Nuestra Señora de la Soledad con la notable participación de un coro y una orquesta de cámara durante su celebración.

La evolución estética de la cofradía dio un paso significativo en 1956, año en el que, por primera vez, todos los penitentes lucieron capa durante el desfile procesional: Blanca para el tercio de Cristo y azul para el de la Virgen. Fue también en esta época cuando se creó de manera informal el tercio de la Soledad, una agrupación que, si bien no llegó a ser mencionada en los estatutos, refleja la creciente complejidad y devoción dentro de la hermandad.

Renovación patrimonial y reorganización interna (1958-1965)

La década de los cincuenta estuvo marcada por un anhelo de renovación patrimonial. Ya en 1952, la Junta de Gobierno planteó por primera vez la necesidad de sustituir la imagen del Cristo Yacente por una nueva de mayor mérito artístico. Este proyecto comenzó a tomar forma en 1956, cuando se encargó formalmente la nueva talla al prestigioso escultor Víctor de los Ríos.

El año 1958 marcó el inicio de una etapa de gran dinamismo con el nombramiento de Antonio Bonet como Hermano Mayor, cuyo mandato fue decisivo para llevar a la Cofradía hacia una nueva cumbre.

Tras un intenso programa de recaudación de fondos y después de que la antigua imagen procesionara por última vez en aquel 1958, el anhelado proyecto se vio finalmente realizado en la Semana Santa de 1959, cuando el nuevo Cristo realizó su primera y esperada salida procesional.

maqueta realizada en 1958
Maqueta realizada en 1958 por Victor de los Ríos.

Además de ser uno de los principales promotores de la nueva imagen del Cristo Yacente, su gestión se caracterizó por una intensa actividad patrimonial y de fortalecimiento de la identidad de la Hermandad. De forma paralela a la talla del nuevo Cristo, la Junta Directiva contactó con el escultor Alfredo Muñoz para la realización de un nuevo y monumental trono. El coste inicial se fijó en unas 80.000 pesetas, aunque con la inclusión de apliques y adornos adicionales, la inversión final ascendió a 100.000 pesetas. Para sufragar estas importantes iniciativas, se organizó una rifa durante la Feria de San Agustín, que generó unos beneficios netos de 3.630 pesetas. Simultáneamente, se trabajó en los detalles que cohesionan la comunidad cofrade: Se incluyó por primera vez el escudo del Santo Sepulcro en las capas del tercio de Cristo, y se encargaron 300 medallas con la insignia de la Cofradía a una empresa catalana. Sin embargo, la intensa actividad de aquel año cofrade culminó con una anécdota procesional: Una torrencial lluvia en la tarde del Viernes Santo obligó a aplazar el desfile al Sábado de Gloria, un hecho que quedó grabado en la memoria de la Hermandad.

El Cristo Yacente de Víctor de los Ríos (1959)

El artista elegido fue el escultor cántabro Víctor de los Ríos (1909-1996), una figura capital en la renovación de la imaginería linarense durante la segunda mitad del siglo XX. Su llegada a Linares en los años 50 revolucionó la iconografía local, dejando un legado que incluye otros pasos emblemáticos como la Santa Cena (1956), el Nazareno (1957) y el Descendimiento (1957).

La nueva imagen del Cristo Yacente, que procesionó por primera vez en la Semana Santa de 1959, es una de sus obras cumbre.

Descripción Artística

Se trata de una talla de cuerpo yacente a tamaño natural que representa a Jesús tras su muerte, con un énfasis en el realismo anatómico y la expresividad dramática típicas del estilo de Víctor de los Ríos, quien confirió un patetismo y una humanidad sobrecogedores al cuerpo inerte.

Pocos años después, y como recordatorio de la antigua escuadra que formó parte del desfile procesional hasta el siglo XIX, la atención se centró en la adquisición de un nuevo paso para la Santa Vera Cruz. En la Asamblea General celebrada el 15 de marzo de 1964, se aprobó formalmente su reorganización. El acta de dicha sesión estipulaba con precisión las características de su reincorporación al cortejo:

  • Posición en la procesión: Se ubicaría inmediatamente después del paso del Cristo Yacente.
  • Iconografía del trono: Fue concebido para portar una cruz sobre un calvario, en la cual descansarían una escalera y una lanza, mientras que de sus brazos pendería un sudario.
  • Acompañamiento: Se incluyó la participación de mujeres ataviadas con la tradicional mantilla.

Siguiendo estas directrices, la reorganizada Escuadra de la Santa Vera Cruz volvió a realizar su estación de penitencia en la Semana Santa del año 1965.

La década de 1970 se inició con un significativo incremento del patrimonio imaginero de la cofradía, un proceso que culminó con la incorporación de una nueva advocación titular. El origen de esta adición se encuentra en una reunión celebrada en 1971 en la sede de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Linares.

En dicho encuentro, el presidente de la Agrupación propuso formalmente al entonces Hermano Mayor, Antonio Bonet Molina, que la Cofradía del Santo Entierro asumiera la custodia y titularidad de una imagen de la Virgen de las Angustias. Se trataba de una talla que había pertenecido a la ya extinta Hermandad de las Siete Palabras y que, en ese momento, se encontraba depositada en un deficiente estado de conservación en las dependencias del Estadio Municipal de Linarejos.

angustias abandonada

La obra, datada en 1930, representa a la Virgen sosteniendo sobre sus rodillas el cadáver de Jesús, en una clara evocación iconográfica de la Piedad de Miguel Ángel. Aunque tradicionalmente atribuida al imaginero García Bellido, su autoría no está confirmada documentalmente.

Tras la aceptación de la propuesta, la Junta de Gobierno inició de inmediato un proceso de consulta con diversos especialistas en restauración, que culminó con el traslado de la imagen a un taller en Madrid para su intervención integral.

La cesión de la titularidad se formalizó legalmente en vísperas de la Semana Santa de 1972. La Agrupación de Hermandades emitió un recibo por el valor simbólico de una peseta, un acto administrativo que acreditaba jurídicamente la propiedad de la imagen a favor de la Cofradía del Santo Entierro de Cristo. Gracias a este proceso de recuperación y formalización, la imagen de la Santísima Virgen de las Angustias pudo realizar su primera estación de penitencia con la cofradía en la tarde-noche del Viernes Santo de ese mismo año.

Fue también en esta época de crecimiento y consolidación, bajo el mandato del Hermano Mayor Juan Jesús Godoy, cuando la Cofradía otorgó uno de sus mayores reconocimientos al nombrar Hermano Mayor Honorario al universalmente aclamado guitarrista linarense Andrés Segovia.

Ajustes y reorganizaciones a finales del siglo XX

La Cofradía continuó evolucionando en su estética y organización interna durante finales de los años 70 y principios de los 80. Un hito fundamental se produjo en 1979 con la organización de una banda que recuperaba una de las herencias sonoras más antiguas de la Semana Santa de Linares: El uso de los tambores de piel de conejo o «tambores de pellejo». Esta iniciativa no solo devolvió a la procesión un sonido solemne cuya tradición se remonta a antes del siglo XVI, sino que se considera un posible eslabón primitivo en la historia de las bandas de Semana Santa. Pocos años después, en 1982, desapareció de la Cofradía una característica banda de tambores que se distinguía por llevar una bombilla en su interior. Continuando con este espíritu de reorganización y recuperación, en 1984 se restableció formalmente el tercio de penitentes de la Soledad, reconocible por su capa azul. Esta agrupación, que como se mencionó anteriormente se había creado de manera informal 28 años antes, había desaparecido en una fecha posterior indeterminada, y fue en este año cuando se consolidó definitivamente dentro de la estructura de la Hermandad.

En el año 1985, la cofradía amplió su campo de acción al ámbito cultural con la institución de un certamen literario bajo el título «Mi Semana Santa».

La concepción del concurso se fundamentaba en un propósito que trascendía la mera crónica descriptiva de los desfiles procesionales. En lugar de buscar textos centrados en la estética de imágenes, pasos o tronos, la convocatoria pretendía explorar la dimensión introspectiva y sentimental de la Semana Mayor. El objetivo primordial era dar voz a las vivencias, sentimientos y reflexiones íntimas que experimentan tanto los participantes activos de las estaciones de penitencia como los espectadores que las contemplan, profundizando en las motivaciones y emociones que suscita esta conmemoración.

Cuarenta años después, tras una notable evolución, el Concurso Literario «Mi Semana Santa», está más que consolidado como un certamen de ámbito internacional que goza de gran prestigio, y una elevada participación.

Recuperación de tradiciones en la década de 1990

La década de los noventa se caracterizó por un renovado interés en la recuperación y potenciación de las tradiciones más antiguas de la cofradía. A principios del año 1994, la Junta de Gobierno realizó un importante encargo a la empresa de Baena de Enrique y Andrés Luque Luque C. B. Se trató de la fabricación de diez nuevos tambores de piel de conejo, elaborados a imagen y semejanza de los primitivos «tambores de pellejo». De forma paralela, se confeccionaron túnicas específicas para los cofrades que formarían la banda, consolidando así la presencia y el sonido histórico de estos instrumentos en la procesión.

El dinamismo de la cofradía continuó ese mismo año con un notable enriquecimiento de su patrimonio procesional. El 15 de marzo de 1994, una familia de la hermandad donó una valiosa Cruz de Guía realizada en madera de carey y plata cincelada. Pocos días después, el 24 de marzo, se adquirió en los talleres cordobeses de González del Campo S. L. una diadema de plata cincelada para Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad. Ambos enseres procesionaron por primera vez en la Semana Santa de ese mismo año. El año concluyó con el inicio de otro proyecto de recuperación: a finales de diciembre se comenzó a restaurar un juego de candelabros antiguos, que volverían a procesionar en 1996.

El año siguiente, 1995, se centró en la mejora de la sede de la cofradía. El 25 de marzo finalizaron las obras de reforma de la capilla, una labor llevada a cabo por los propios miembros de la Junta Directiva y otros colaboradores. La capilla fue solemnemente bendecida el 1 de abril de ese año, coincidiendo con el primer día del Septenario en honor a Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad.

Continuidad y cuidado del patrimonio en el siglo XXI

La historia de la cofradía continúa escribiéndose en el siglo XXI, marcada por un profundo dinamismo y un compromiso constante con el enriquecimiento y la conservación de su legado.

El año 2022, por ejemplo, fue especialmente notable por la gran cantidad de estrenos y recuperaciones presentados en Semana Santa. Se renovó el cuerpo de nazarenos con alrededor de veinte túnicas nuevas, y se restauraron importantes piezas de orfebrería, incluida la corona de la Virgen. Asimismo, se acometió la reforma del catafalco del Cristo para dar más realce a la imagen, y se estrenó un juego completo de diez jarras para el paso de la Virgen de la Soledad. Sin embargo, el hito más destacado fue la recuperación de una tradición histórica: Por primera vez en casi un siglo, el paso del Santísimo Cristo procesionó con acompañamiento musical, a cargo de la Banda de Música Alfredo Martos.

El compromiso con la conservación del legado patrimonial tuvo otro hito fundamental en marzo de 2025, cuando la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de las Angustias regresó a Linares tras un significativo proceso de restauración. La intervención, llevada a cabo en Baeza por la especialista Natividad Poza y sufragada gracias a la devoción del cofrade Pablo Moreno, se centró en la recuperación de la policromía original y la consolidación de su estructura. Para celebrar este importante acontecimiento, la cofradía celebró una Misa de Acción de Gracias el 22 de marzo en su sede canónica de San Francisco, reafirmando así la continuidad del culto a sus titulares.

Las procesiones de la Virgen de los Dolores de la Soledad

Origen, evolución y desaparición de la procesión del Viernes de Dolores

Hasta el año 1931, la imagen titular mariana de la cofradía desempeñaba una notable doble función procesional. Además de su estación de penitencia habitual como Nuestra Señora de la Soledad en la tarde del Viernes Santo, la misma talla procesionaba el Viernes de Dolores, aunque bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores.

La antigüedad de esta práctica es documentada por el historiador Rafael Ortega y Sacrista, quien la remonta al menos al siglo XVII. Originalmente, esta procesión era el colofón de una solemne novena celebrada en honor a la Virgen de los Dolores. La continuidad de esta celebración en 1778 queda atestiguada por un documento de la época que, al referirse a la conclusión de los actos, prescribe:

«…. respecto a que está mandado, que concluida dicha novena y procesión, se haga la mencionada convocatoria al son e campana teñida, lo que, por consiguiente se verificará».

Con el transcurso del tiempo, la novena fue reducida a un septenario. Una crónica publicada en el Diario de Linares el 28 de marzo de 1912 informa que durante estos cultos se rezaba la Corona Dolorosa, se entonaban letanías y cánticos, y se predicaba un sermón, a menudo complementado con la interpretación de piezas musicales. Para entonces, la procesión había adquirido una considerable solemnidad institucional, contando con la asistencia de una representación del Ayuntamiento y la banda municipal de música.

El advenimiento de la II República en 1931 supuso el cese de esta procesión externa. No obstante, los cultos internos del septenario y todas sus piadosas prácticas, incluido el rezo de la Corona Dolorosa, continuaron celebrándose en el interior del templo.

Tras la Guerra Civil, la tradición solo experimentó una efímera recuperación en dos ocasiones puntuales:

  1. En 1952, cuando la imagen de La Soledad volvió a procesionar bajo la advocación de «La Dolorosa».
  2. El Viernes de Dolores de 1955, cuando participó en un Vía Crucis organizado por la recién creada Agrupación de Cofradías, junto al Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de las Siete Palabras.

Después de este evento de 1955, la tradición de la procesión del Viernes de Dolores se perdió definitivamente.

La Procesión de La Soledad, el Viernes Santo por la noche

La actual procesión de «La Soledad» representa una singularidad notable en el contexto de la Semana Santa de Linares. Su desarrollo tiene lugar una vez que ha concluido la procesión oficial del Santo Entierro, una práctica que la distingue del modelo habitual en la ciudad, donde cada cofradía se identifica con una única estación de penitencia.

Resulta fundamental subrayar que, pese a tener una identidad y un desarrollo diferenciados, esta procesión no corresponde ni ha correspondido nunca a una hermandad autónoma. Históricamente, la Virgen de la Soledad ha estado siempre vinculada a la cofradía matriz, ya fuera bajo la denominación de las Angustias, del Santo Sepulcro o cualquiera de sus títulos posteriores.

Su origen y preeminencia radican, de hecho, en su estatus como la principal «Escuadra» dentro de la estructura primigenia de la corporación. Por consiguiente, este desfile procesional puede ser interpretado como un valioso vestigio histórico, una pervivencia de la antigua organización en escuadras que caracterizó a la cofradía en sus primeros siglos de existencia.

La datación precisa del inicio de la procesión nocturna de la Virgen de la Soledad, como desfile posterior al del Santo Entierro, ha sido objeto de análisis y revisión. Una de las tesis más extendidas durante mucho tiempo situaba su origen en un Cabildo Extraordinario celebrado en 1917, en el cual se habría acordado una triple salida procesional para la imagen titular: Una, en solitario, el Viernes de Dolores; otra acompañando al Cristo Yacente en la tarde del Viernes Santo; y una tercera, en solitario, bajo la advocación de «La Soledad», esa misma noche.

No obstante, el análisis de fuentes hemerográficas de la época obliga a reconsiderar esta cronología adelantando su origen. La evidencia documental contradice la fecha anterior: El diario «El Noticiero», en su edición del 22 de marzo de 1910, ya anunciaba la salida de «La Soledad» para el Viernes Santo de aquel año a las 12 de la noche, detallando incluso su itinerario: «San Juan de Dios, Cánovas del Castillo, San Francisco y Plaza del mismo nombre». Informaciones publicadas en años sucesivos por el «Diario de Linares» (1912 y 1913) corroboran la celebración de este desfile nocturno.

Esta evidencia permite formular la hipótesis de que la costumbre se implantó a comienzos del siglo XX, aunque con posterioridad a 1895, ya que un itinerario de procesiones de dicho año no la incluye.

Independientemente de su fecha de inicio exacta, la fisonomía de esta procesión nocturna, hasta el paréntesis marcado por la Guerra Civil, presentaba rasgos muy definidos: Se celebraba siempre tras la conclusión del desfile oficial del Santo Entierro, y se desarrollaba en un ambiente de completo silencio. El cortejo estaba compuesto exclusivamente por mujeres portando velas, acompañando a la imagen junto al hermano mayor de la Cofradía, y era habitual que un gran número de señoras se sumara espontáneamente al recorrido.

De hecho, esta triple salida procesional se consolidó como una costumbre en los años previos a la Guerra Civil. En la década de 1930, era una tradición establecida que Ntra. Sra. de la Soledad realizara tres desfiles: uno el Viernes de Dolores bajo esa advocación, y dos el Viernes Santo, acompañando primero al Santo Entierro y, ya de madrugada, en su procesión de la Soledad.

El período de la Segunda República conllevó notables restricciones a las manifestaciones públicas de culto, afectando directamente a la procesión de Ntra. Sra. de la Soledad. En el año 1933, la estación de penitencia fue suspendida. En su lugar, la cofradía celebró un culto interno en el templo a las siete de la tarde del Viernes Santo, cuyo acto central fue la predicación del denominado «Sermón de la Soledad». La situación cambió al año siguiente. Según documenta el diario «La Unión» en su edición del 29 de marzo de 1934, se concedió una autorización especial que permitió la salida de únicamente dos procesiones en la Semana Santa de Linares: la del Nazareno y la de la Soledad. En virtud de este permiso, esta última realizó su desfile a las 22:30 horas de aquel Viernes Santo, adaptando su horario a las circunstancias del momento.


Referencias:

· santoentierrolinares.wordpress.com: Historia (2020).

· cercantesvirtual.com: Tradiciones de la Cofradía del Santo Entierro de Linares (2021).

· Archivo de la Hermandad.


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